Asteria se ofrece al Maestro

Mi amo es un hombre fascinante y seductor. Él, aunque lo sabe, no lo reconoce, porque no es un acto voluntario. Simplemente es así. Cuando empezamos a hacer cosas juntos y a compartir intimidad era no bastante, sino muy mujeriego. Yo lo conocí así y nunca pretendí cambiarlo, porque lo primero que sentí por él fue admiración y atracción sexual.

Lo cierto es que al poco tiempo y sin que él hiciera nada para provocarlo, me enamoré perdidamente de él. Cuando pasé a ser su amante, él me contaba sus andanzas, sus aventuras pasadas, y las que entonces eran actuales. Yo escuchaba fascinada las historias de él y las formas de ser de ellas, era todo un mundo nuevo que yo apenas comprendía. A pesar de la relación que mantengo con mi dueño, tengo una cabeza y un corazón completamente tradicionales, y aunque acepto las diferentes formas de amor, no quiere decir que sea capaz de comprenderlas.

Pero no os he dicho que mi amo es irresistible. Lo que él quiera, se hace. Aparte de tener una fuerte y autoritaria personalidad, es que tiene un espíritu tan poderoso que te arrastra con él o sales huyendo asustada. Yo acabé siendo arrastrada por él, y además me gustaba. Fui venciendo algunas barreras que la edad, la falta de experiencia y la colosal admiración que siento por él habían hecho mella. Timidez, vergüenza, cierta falta de confianza en mí misma. Reforcé mi amor propio, recuperé mi voluntad frente a la vida, fui soltándome poco a poco. Ahora me siento tan ligada a él que está presente física o espiritualmente en cualquier acto de mi  vida. Tengo su apoyo constante y procuro ser el suyo. Lucharía, de hecho lucho, por él, y daría cualquier cosa por su bienestar. Ahora sus amigos, la gente más original e interesante que he visto en mucho tiempo, son mis amigos. Sus deseos son los míos. Todo lo que viene de él es nuevo, atractivo, seductor, fascinante. Saber que me tiene para desahogarse. Es exactamente lo que hago yo. Y por supuesto, para celebrar nuestras victorias, y las cosas buenas que llegan, o que alcanzamos, que también ocurre. Con él es fácil abrirse camino, ver un futuro de mejor color. Es mi piedra angular, mi punto de apoyo. Y yo cada día lucho para serlo yo también para él.

La noche en que le intenté besar (¡dos veces!) y me apartó la cara, esa noche en que yo hubiera escondido la cabeza cual avestruz tras el fiasco del rechazo, esa noche me dijo: “Me gustas, como sumisa pero quiero que camines a mi lado, y no por detrás de mí”.

Yo no tengo ojos para nadie más. Contemplar la posibilidad de que haya otro me asquea, me repugna. Cualquier otro hombre sería ir a peor. Además, no se trata de fidelidad corporal o sexual, también lo es de complicidad, no existe más coqueteo que con él, y sólo su tacto me calma y me da placer.

También me habló de BDSM. Yo no sabía ni lo que era. Yo asimilaba sus palabras y luego leía sobre ello. Al principio, con cierto susto, luego con curiosidad, y finalmente con ganas de probar. Yo tengo un genio de mil demonios. Soy cabezona hasta la saciedad y tengo un orgullo muy susceptible. Cierto es que mi admiración por él siempre me ha hecho inclinar la cabeza, pero vaya, la naturaleza de uno es muy fuerte y siempre acaba saliendo.

Él además parece no comprender que es profundamente atractivo para las mujeres. Que es muy guapo, que tiene mucha gracia y mucho garbo, que sus bromas, su franqueza, sus historias y sus expresiones tienen mucho tirón, que es tan masculino que despierta la feminidad de cualquier chica, que su fuerte carácter es de esos que se las lleva de calle. Que su experiencia es un incentivo para cualquier hembra. Que su forma de escribir encandila, que sus respuestas son asombrosas y que hay que hacer un esfuerzo mental para estar a su altura. Su sapiencia, su experiencia, su naturalidad, todo lo que ha leído y vivido. Ha tenido una vida de lo más interesante. Plena, con aventuras, con anécdotas que él bien sabe relatar. No sé. Quizá no lo entiende, pero simplemente por su historial “sentimental” debería comprender que así es.

Nuestra vida sexual siempre ha sido apasionante. Sé que él se ha controlado mucho y que decidió ir poco a poco. Que cada vez hemos introducido más elementos y que nos hemos ido desatando. Que no hemos cortado las alas a la imaginación y que quedan miles de cosas por hacer, y tenemos intención de cumplirlas todas. Para colmo, cada vez me excita más, me da más placer, y me apetece hacer más cosas con él.

Yo no tengo demasiada iniciativa, pero por otro lado me domina el entusiasmo y me apetece siempre, a todas horas, una y otra vez, de todas las maneras que se nos ocurran, me gusta hablarle, susurrarle más bien, y que me posea. En la cama me gusta ser su juguete, aunque nunca se me había ocurrido esa expresión, creo, hasta ahora. Se me queda grabado en la mente (o en las manos, o en la lengua) qué es lo que parece que más le excita, y me regodeo con ello intentando perfeccionarlo.

Como ya he contado aquí, he llegado a tener orgasmos mientras le hacía una felación, y es que disfruto tanto con sus orgasmos como con los míos. Y me vuelve completamente loca. A veces el impulso es tan fuerte que me apetece que pierda los papeles y me golpee con furia y me destroce viva, quiero su lado más salvaje, continuar horas y horas, y horas… En nuestras escapadas las sesiones de sexo han sido, hum, indescriptibles. Lo cierto es que no se podría contar a los amigos porque creerían que una se lo inventa, o que está exagerando demasiado como para ser verdad. Pues sí, así es. Además  todo es placentero. El sexo salvaje, las caricias de después… ¿Cuántas horas podré haber pasado tocándole con suavidad, acariciándole, entre polvo y polvo, sólo por proporcionar placer, sin buscar el éxtasis fácil? Además da igual que uno sea rápido o el siguiente más lento, el caso es que al final siempre se nos hacen las tantas agitando nuestros cuerpos. Asombroso. A mí me lo cuentan, repito, y no me lo creo. Y el sexo nunca viene solo. Ni en los momentos más extremos falta una mirada tierna, una caricia para paliar un golpe demasiado fuerte, entre besos y palabras de lujuria.

Yo nunca me he atrevido a decirle que le quiero en pleno coito. Por eso de que las mujeres buscan el amor con el sexo y los hombres el sexo con el amor. No quiero aprovechar un momento de pasión para lograr una expresión de cariño o declaración de sentimientos. Me da miedo que unas palabras tan tiernas, por lo menos para mí, puedan boicotear una batalla sexual tan apasionada. Recuerdo que la última vez que deshicimos las sábanas, cuando le conté esto, me respondió que tenía que decir todo lo que se me ocurriera. Yo, por supuesto, lo intentaré. Aunque me temo que a partir de ahora las cosas no podré intentarlas, simplemente tendré que hacerlas. Ahora me explicaré, y es que toda esta parrafada sólo es el preludio de lo que viene a continuación.

Como ya he dicho antes, en la cama –bueno, en el sofá, en el suelo, en la mesa, en la silla y donde caiga- según avanza nuestra relación, tengo más ganas de ser sometida. Quiero que él me posea, me tenga, me sienta suya, que disponga de mí y sienta que tiene el derecho a disfrutar de cada parte de mi cuerpo. ¿Por qué no ha sido así desde el principio? Pues porque estas cosas son cuestión de confianza. Si no hubiera demostrado que me cuida y me protege, no tendría esas ganas de que me usase a su antojo. Tuvimos sexo en seguida de empezar a vernos de forma íntima, lógico, teniendo en cuenta que nuestra relación iba a ser sólo sexual, según dijo él. Yo además tomé la iniciativa de cosas que no había hecho hasta entonces, como por ejemplo una felación. Yo llevaba meses deseándolo, adorándolo en silencio. Porque ya había podido ver cómo era, cómo se comportaba, porque ya era un buen “compañero” y amigo mío. Porque tenía la seguridad de que se podía confiar en él.

Tenía una confianza ciega. Mis miedos eran por posibles meteduras de pata mías, pero creía que él valía la pena. Así que aposté fuerte, y me alegra decir que gané. Estaba nerviosa en la cama con él, pero muy, muy ilusionada. Y además me ponía como una moto.

Me encantaría recopilar aquí todas esas vivencias que me dieron la confianza con que ahora nos bebemos el uno al otro cuando estamos solos. Pero casi todas están escritas ya, y además he de volver al tema de la sumisa, que nunca llego (bueno, llegar, con él, siempre  😛 )

Voy a intentar retomar el tema. Ya entendemos la seguridad que me proporciona, y mis fantasías y deseos sexuales con él (no hay más fantasías sexuales ni deseos que con él, aclaro). Bien, llegados a este punto, el otro día me di cuenta de que cada cierto tiempo me entraba el morbo del tema BDSM.

Bueno, pues pienso someterme a mi dueño. Me apetece. Porque estamos en una fase de tal confianza ciega que quiero dejarme guiar por sus instintos. Porque quiero esa connotación claramente sexual en cada paso que dé durante el día, en mi vida cotidiana. Porque a veces me da la sensación de que le importo tanto como él mismo. Porque le deseo tantísimo que necesito dar un paso más siempre, y este es el paso que quiero dar. Porque son nuestras normas, nuestra forma de verlo, porque él está aceptando una responsabilidad casi más grande que la mía, que es cuidar de mí. Porque ya no sé cómo entregarme a él, quiero la máxima expresión. Porque poner mi vida en sus manos es lo más apasionado y más seguro que he hecho en mis años de existencia. Porque me da garantías. Porque deseo dárselo TODO. Por eso.

El Lago de Anna

Vamos por la carretera, en un coche descapotable que ella ha conseguido. En el aparato de música suena rock duro. Y mis manos vuelan sobre su cuerpo mientras conduce. Magreo sus senos, amaso sus caderas y bajo a su entrepierna. Sonríe. No deja de acelerar. Cuando llegamos a ese idílico lugar, hablo con el dueño … Sigue leyendo El Lago de Anna

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La nueva semilla ha tomado su tiempo para fructificar, no es flor de un día, sino árbol poderoso con raíces que se hunden en la tierra y ramas que corren hacía el Sol. No caímos en palabras fáciles y cuando llegó su tiempo, esa amistad se enriqueció y llegó el deseo. Es importante saber si … Sigue leyendo Va por ti

Ve al baño de la estación

Quiero que vayas al baño. Ahora acaríciate por encima de la ropa. Pasa tu lengua por los labios. Mira en el espejo tus manos tocándote. Mordisquea tus brazos. Así, frota, acaricia. Aprieta los muslos con tu mano entre ellos. Presiona, juega como te lo hará tu amo  ante nuestros amigos.  Abre tu falda. Desnuda tus … Sigue leyendo Ve al baño de la estación

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