La decisión

En la cama –bueno, en el sofá, en el suelo, en la mesa, en la silla y donde caiga- según avanza nuestra relación, tengo más ganas de ser sometida. Quiero que él me posea, me tenga, me sienta suya, que disponga de mí y sienta que tiene el derecho a disfrutar de cada parte de mi cuerpo. ¿Por qué no ha sido así desde el principio? Pues porque estas cosas son cuestión de confianza. Supongo que si no hubiera sido consciente de sus ganas, de su preocupación por mí y por darme placer, si no hubiera estado pendiente de mis necesidades, si no hubiera demostrado que me cuida y me protege, no tendría esas ganas de que me usase a su antojo. Hace falta sentirse segura, protegida, para poder dejar salir todo. Por lo menos en mi caso. Por eso yo nunca he tenido ningún tipo de intimidad con nadie en quien no confiara o no conociera en profundidad. Porque necesito esa seguridad. Sólo quiero hablar de él, así que me centro en eso. Tuvimos sexo en seguida de empezar a vernos de forma íntima, lógico, teniendo en cuenta que en teoría nuestra relación iba a ser sólo sexual, según dijo él. Yo además tomé la iniciativa de cosas que no había hecho hasta entonces. Así de inexperta era yo. ¿Por qué fui así de atrevida? Bien, reconozco que en parte tenía miedo de que pensara que era una estrecha. Pero por otra parte yo llevaba meses deseándolo, adorándolo en silencio. Porque ya había podido ver cómo era, cómo se comportaba, porque ya era un buen “compañero” y algo amigo mío. Porque tenía la seguridad de que se podía confiar en él.

Sabía que tenía unas cuantas amantes, me había hablado ya de una de ellas, y llegué a pensar que era mejor conservarle de amigo, porque si llegaba a algo con él, algún día hablaría así de mí y eso no iba a poder soportarlo. Claro, una usa la lógica y las herramientas que tiene a mano para elucubrar. Pero a mí me miraba con aprecio. A mí me había protegido, había confiado en mí en otras facetas como en el trabajo. Me había mostrado su respeto como colega, en varias ocasiones, en palabras o por email. Era mucho más afable conmigo que con los demás. Estaba convencida de que se podía confiar en él, por lo menos yo, que le había visto en circunstancias completamente diferentes a las que podían haberle visto el resto de sus amantes. Así que ¡qué coño! Tenía una confianza ciega. Mis miedos eran por posibles meteduras de pata mías, pero creía que él valía la pena. Así que aposté fuerte, y me alegra decir que gané. Estaba nerviosa en la cama con él, pero muy, muy ilusionada. Y además me ponía como una moto.

Hay más cosas que se quedan en el tintero, como aquella vez que me ofrecí para calmar su sed de sexo, y me dijo que yo no era un objeto y que aunque tuviéramos relaciones éramos ante todo amigos. Me encantaría recopilar aquí todas esas vivencias que me dieron la confianza con que ahora nos bebemos el uno al otro cuando estamos solos. Pero casi todas están escritas ya, y además he de volver al tema de la sumisa, que nunca llego (bueno, llegar, con él, siempre  😛 )

Voy a intentar retomar el tema. Ya entendemos la seguridad que me proporciona, y mis fantasías y deseos sexuales con él. Bien, llegados a este punto, el otro día me di cuenta de que cada cierto tiempo me entraba el morbo del tema BDSM. No profundizaba, porque aunque respeto lo que hagan los demás, yo, sintiéndolo mucho, encuentro estúpido, vacuo, superficial, que una mujer decida ser la esclava de un hombre y que si no cumple a rajatabla lo que él diga deba sentirse destrozada y sumamente triste, y que él tenga derecho a castigarla. Una cosa es jugar en la cama y otra que te humillen, te desprecien, te insulten o te peguen en cualquier otra situación que no sea un juego pactado. Por eso, cuando he leído los weblogs de BDSM de algunas niñas me han dado ganas de molerlas a palos. Por eso me saca de quicio ver a las mujeres musulmanas completamente tapadas y con pañuelos que apenas dejan ver los ojos, mientras ellos llevan sus pantalones cortos y sus camisetas de algodón o de lino porque hace un calor de muerte. Con estas ideas en la cabeza, las mías, digo ¿cómo puede plantearse una seriamente ser la esclava de nadie?

Bueno, pues dentro de dos semanas pienso someterme a mi maestro. ¡Cómo es eso posible, pedazo de hipócrita! Pues es que resulta que me apetece. Porque estamos en una fase de tal confianza ciega que quiero dejarme guiar por sus instintos. Porque quiero esa connotación claramente sexual en cada paso que dé durante el día, en mi vida cotidiana. Porque tenemos nuestras propias normas, y sé que él tiene en cuenta mis opiniones y mi sentido común. Porque me ha demostrado que quiere que camine a su lado y no detrás. Porque, para colmo, es mi mejor amigo. Porque a veces me da la sensación de que le importo tanto como él mismo. A veces, me antepone. Porque le quiero tantísimo que necesito dar un paso más siempre, y este es el paso que quiero dar. Porque no es BDSM, son nuestras normas, nuestra forma de verlo, porque él está aceptando una responsabilidad casi más grande que la mía, que es cuidar de mí. Porque ya no sé cómo entregarme a él, quiero la máxima expresión. Porque poner mi vida en sus manos es lo más apasionado y más seguro que he hecho en mis años de existencia. Porque me da garantías. Porque deseo dárselo TODO como yo he recibido todo de él. Y él comprende perfectamente qué he querido decir. Por eso.

10 comentarios sobre “La decisión

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