En la redacción

habla Asteria {mi señor}

Y te veo allí, todas las mañanas. Sentado en tu mesa, escribiendo. Gritando al teléfono, cantando por los pasillos, hecho una fiera cuando entra el beatón del despacho de al lado. Y mientras te observo me pongo a recordar. Y acude a mi memoria la última tarde que pasamos juntos, en aquel apartamento. Y entonces toda la admiración que profeso por ese hombre autoritario -por ti-, se convierte en lascivia.

E imagino que me desabrochas la camisa, botón a botón, que devoras mi cuello, y que me arrastras a la cama. Te ríes, llevo un lacito como cinturón. Eso no es propio de mí, yo, que siempre masculinizo mi forma de vida. Tú me vuelves mujer. Y para cuando me has desnudado, yo ardo en deseos de que estés dentro de mí. Pero espero, porque te gusta darme placer de muchas maneras, y yo disfruto las dos cosas. Que me des placer y que quieras dármelo. Y cuando sumerges tu cabeza entre mis piernas, la vergüenza y la lujuria se confunden en mis espasmos. Y yo impaciente, intento levantar tu cabeza para acercármela a la boca. Tú eres más fuerte, y secuestras mis manos. Gritaría tu nombre, te increparía: “¡Mi señor, déjame que sea yo quien te dé placer a ti!”. No lo hago, porque sé que quien manda eres tú.

Y cuando decides extraer tus dedos de lo más profundo de mi vagina, después de regalarme dolor y placer en la misma proporción, consigo que cedas, y te das la vuelta. Es mi turno, ¡qué dicha! La ansiedad me suplica que acuda rauda a tu asombrosa verga, causa de mis dichas y venturas, y yo no hago caso. Prefiero ir besando tu pecho, tu vientre, morderte los pezones, aprisionar tus nalgas en mis manos, y entonces sí, he llegado a mi objetivo, puedo empezar a lamerte, succionarte, besarte, chuparte, llenarme de ti. Eufórica, noto cómo paulatinamente te envuelve la locura. Sé que estás intentando mirarme, y aparto los cabellos que me cubren el rostro, para que puedas ser testigo de mi felicidad.

Repentinamente, me apartas. Quieres terminar dentro de mí, y me place sobremanera. Te incorporas, me das la vuelta, atrapas mis piernas y las acercas en un brusco movimiento hacia ti. Y me embistes, una y otra vez. Me inmovilizas los brazos, agarrándome de las muñecas. Y sigues entrando dentro de mí sin parar hasta que, por enésima vez esa tarde, surge el placer, a raudales, como una explosión, como un volcán.

Ya no puedo disimular los gemidos, y ahogo tu nombre entre temblores, para que no me oigas, para que no sepas cuánto me tienes a tu merced. Y deseo que me susurres cosas al oído mientras me corro. Y siento la imperiosa necesidad de apretarme a ti, así que huyo de la prisión de tus manos y busco tus hombros, que son mi sostén, y araño tu espalda, con cuidado, a la vez que exhalo mi último grito.

Mis espasmos han hecho mella en ti, porque tu ritmo ha aumentado considerablemente. Y entonces, te oigo. “Ah…”. Oh. Hum. Puedo sentir cómo palpitas ahí abajo. Contraigo mi vagina. Suspiras y sonríes. La vuelvo a contraer. Gimes, y te ríes. Sé que quieres que siga. Y sigo. Hasta que me apartas para tumbarte a mi lado, y empiezas a cantar. No sé. Nino Bravo, Pink Floyd, Gabinete Caligari… Si lo cantas tú, está bien.

¿Cómo dices? Sí, estabas hablando al teléfono, en tu mesa, frente a tu ordenador, mientras el beato opusiano del otro despacho ha pasado por delante de la puerta, te ha llamado el editor para darte un recado, y mis compañeros están llegando y sentándose frente a sus ordenadores. Y yo me guardo mis ganas y mis recuerdos, porque sé que si no hoy, mañana, volveré a disfrutar de ti.

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