Errantes

Asteria {mi señor}: El caso es que no logro olvidar tus azotes. Ni tu pelvis moviéndose contra mi boca. Ni los golpes de tu cadera sobre mis glúteos. Ni el cosquilleo del vello de tu pecho sobre mi cara cuando estás sobre mí, y me agarras la cabeza. Cierro los ojos. Hoy, voy a esperar a que te acerques, y roces mis labios con los tuyos. Cuando lo haces noto un ligero cosquilleo que me impulsa a apretarme a tu boca. Noto la presión de tus dientes en mi labio inferior. Abres despacio la boca y con la lengua te haces hueco, jugando conmigo. Me acelero pero me frenas. Sigues explorando con la lengua, mordisqueándome, alternas besos suaves en las comisuras. Ya te habría desnudado. La mejilla, el lóbulo de la oreja, se me activan todos los nervios. Has llegado a mi cuello y comienzas a morder hasta llegar al hombro. Quedarán marcas en mi piel blanca cuya simple vista me harán estremecer días después. Con la mano me estás sujetando el pelo, impidiendo que yo participe en este juego, soy sujeto pasivo. Pero mi cuerpo se balancea y te busca. Me sueltas el pelo, y mientras que con una mano me sujetas el hombro y con la otra buscas entre mis piernas, me besas, con prisa, sin pausa, con fuerza. Yo tengo las manos libres y te desabrocho los botones de la camisa. Impaciente te acaricio el pecho, uf, pierdo el control siempre que lo hago. 

Él: Cuando todos los botones están sueltos, cuando puedes abrazar mi torso estando en contacto con toda tu piel, decido desprenderte de cualquier prenda de abrigo. Jersey fuera, sostén fuera, es el momento para hacer volar mi camisa. Aquí me freno. Te tumbo en la cama, estiras los brazos para desabrocharme el cinturón. Me inclino sobre ti y mordisqueo tus pezones. La otra mano hurga dentro de tu pantalón. 

Asteria {mi señor}: Consigues que me mueva a ritmo de espasmos, pero aún llevamos ropa encima. Así que resto tiempo a que me desabroches el pantalón y me lo quites. Tú lo llevas desabrochado, yo estoy tumbada en bragas y con los calcetines negros kilométricos, que llegan más allá de la rodilla. Bragas fuera. Te descalzas y dejas caer los pantalones, y acercas mis piernas a ti. Bajo como puedo tus calzoncillos que caen y tú me penetras, sin más. Sales de mí para volver a entrar, varias veces, y de pronto paras para sumergir tu cabeza entre mis piernas, yo forcejeo un poco, quiero que sigas penetrándome, pero pronto empiezo a notar esa sensación tan fuerte, ese placer que me supera, y por el que tengo que controlar mis nervios hasta que me acostumbro un poco, al cabo de un par de minutos. Mis manos se aferran a las sábanas. 

Él: Mi lengua sigue el ritmo de tus convulsiones, hasta que empiezas a jadear, cada vez más fuerte, el cuerpo tiene su propio movimiento sin que puedas controlarlo, y gritas, porque empiezas a sentir un cúmulo de placeres. 

Asteria {mi señor}: Sí, grito, y de pronto me quedo callada, porque la fuerza se me va entre las piernas, grito de nuevo, y tu lengua sigue ahí, a punto de encontrar mi orgasmo. El caso es que no encuentra uno. Siempre son tres. Cuando jugamos a esto siempre viene una oleada de placer previa, que se va enseguida para volver de nuevo mucho más fuerte, con una intensidad inesperada, que se vuelve a ir, y por fin, una última, menos aguda pero más contundente, que perdura durante un rato. Creo que grito, no lo sé, no puedo controlarme ni sé lo que estoy haciendo, solo noto ese placer, tu lengua, tus manos sujetando mis piernas. Y cuando por fin me relajo mi cuerpo está tan sensible que tengo que suplicarte que salgas de ahí, porque no puedo soportarlo. Y entonces te incorporas de nuevo para ponerte sobre mí, y tu sexo entra en el mío, que está completamente empapado, y empiezas a embestirme, y ahora puedo agarrarme a ti en vez de a la cama, y echar mano de tu espalda, de tu cadera, de tus nalgas, que aprieto, acaricio, clavo mis uñas… siento el roce de tu pecho en el mío, el movimiento de tu pelvis… y pienso, y digo… sí, así… hum… has acelerado tu ritmo, me aprietas los brazos… y empiezas a pronunciar mi nombre, y me anuncias que te viertes dentro de mí… sí, me encanta. Hazlo. Tus embestidas son más fuertes y siento ese calor dentro, que delata que has llegado al éxtasis. Y sigues, ralentizando tus movimientos, dentro de mí unos minutos más.

Puedo sentirte a mi lado. Me estás mirando, y entrelazas tus dedos con un mechón de mi pelo. Me acaricias la mejilla. Me acurruco a tu lado y dejo pasear a mis uñas sobre la piel de tu pecho. Acercas tus labios a mis mejillas, dejas caer un beso. Tienes esa mirada intensa que me abruma, y yo busco tu boca con la mía. Me abrazas, noto tus brazos, con fuerza. Paso mis manos por tu espalda. Dejas de besarme y bajas tu lengua a mi cuello, yo te susurro en el oído lo placentero que me resulta. Llegas a mi hombro, e hincas tus dientes, mientras tus manos se apartan del abrazo para dirigirse a la camiseta que uso para dormir, que vuela hasta el suelo. Hundes la cabeza entre mis pechos, los besas, los muerdes, yo aprisiono tus caderas con mis piernas y mis manos persiguen afanosamente, bajo el pantalón, tu fantástico culo. Te libras de mí y te pones en pie. Haces que me incorpore levemente sobre las almohadas y atas mis manos en la parte alta del cabecero. Cara a la pared, así que no puedo ver cómo te desnudas y subes a la cama con la cuerda anudada en la mano. Pasas la cuerda entre mis piernas, acaricias mi clítoris con los dedos, y te pegas a mí para que note tu sexo erguido sobre mis nalgas. Cambias el rumbo de tus manos hacia mis pezones que pellizcas con fuerza. La emprendes con mis caderas, primero con la mano, después con la cuerda. La parte baja de mi espalda hasta que me oyes gemir. Te levantas, coges un pañuelo y me amordazas. Te plantas de nuevo detrás de mí y me embistes, sodomizándome, notando cómo me agito. «Mi puta» -se abre paso tu voz entre mis gemidos- «eres mi puta, voy a correrme en cada parte de tu cuerpo». «Soy tuya, tuya, haz lo que quieras conmigo». Al oírlo paras para escucharme suplicar que sigas. Pero te levantas, y ahí me dejas, para volver con un hielo que percibo cuando dejas que se deshaga en mi espalda arqueada, en mis muslos, entre mis piernas. Mi respiración se acelera, pero aguanto la fuerte sensación, mientras me dices que no piensas parar hasta hacerme gritar. Cuando no quedan más que gotas vuelves a la carga. Me follas con tal fuerza que mis brazos empiezan a fallar. Mi cabeza cae sobre la almohada, que va hundiéndose entre el colchón y el cabecero en un hueco provocado por nuestros propios movimientos. Te acercas al clímax mientras me fustigas, me sobas, mientras clavas los dedos en las caderas hasta que queden marcados. Y siento tu humedad, caliente, excitante, mientras oigo mi nombre en voz alta una y otra vez. Y tu ritmo decelera, aunque aún te siento entrar y salir, hasta que finalmente abandonas mi oquedad para besarme la espalda.

Te incorporas y liberas mis muñecas, rojas, marcadas, y con cariño y suavidad empiezas a masajearlas, con tus manos que yo beso, casi llorando, del agradecimiento por el placer que me proporcionas. Mientras relajas mis brazos me acurruco a tu lado, entrelazo mis piernas con las tuyas, me encanta sentir el tacto de tu piel sobre la mía. Tumbados, te centras en una de mis manos mientras la otra te acaricia, haciéndote estremecer, aún sensible tras el orgasmo. Poco a poco te va venciendo el sueño, así que comienzo a pasear mis manos por toda tu piel, dejando caer pequeños besos en el lóbulo de tu oreja, en tu hombro, en tu cintura, en tu cadera, en tus muslos… paso la mano por tu pelo, rozo con la yema de mis dedos tus labios, y continúo con esa misma actividad hasta que tiras de mi brazo obligándome a montarte. Me tienes justo encima, yo, a cuatro patas, antes de compenetrar nuestros sexos, paso mi lengua por tu pecho, apartando mi pelo para que no moleste en tu cara. Y empiezo a mover las caderas, buscando la postura y el movimiento que te haga estar más dentro de mí. Puedo verte la cara, con los ojos cerrados, exhalas pequeños suspiros que me indican qué es lo que más te gusta. Tus manos mueven mi culo marcando el ritmo deseado. Nos sumimos en un baile cuya melodía tú susurras y yo consumo. Un baile cada vez más trepidante que no llega a su final porque tú interrumpes, apartándome a un lado, porque quieres correrte en mi boca y yo quiero llenarme de ti.

Al acabar levantas mi cabeza con tus manos y me besas la frente. Estás sentado y yo arrodillada delante de ti. No has terminado, esto es sólo una pausa, aunque no me lo digas, lo sé. Sé que ahora cantarás, contento, bromearás, harás que aprenda algo nuevo, y cuando menos me lo espere pondrás mi mano en tu verga para constatar tu excitación. Por qué no, esta vez quieres poseerme mirándome a la cara. Te arrodillas, me abres de piernas y me acercas a ti, susurras: te voy a echar un polvo que no vas a poder cerrar las piernas en días. Nuestras lenguas se encuentran.

Él: No aguanto más, te penetro con fuerza, salvaje. Acelero el ritmo y cuando creo que vas a gritar mi nombre, frenas, y empapada acercas la boca a mi sexo. Te desato. Rodeas con los labios mi glande, acaricias con tu lengua el frenillo, mimas con los dedos mis testículos, sientes mis manos sobre tu cabeza, que te obligan a acelerar hasta que por fin grito: “me corro, me corro”. Notas el calor en tu boca. Tienes el rostro completamente salpicado de mí. Estás muy excitada. Entro en la cama y te abrazo.

El espejo de la habitación: Le besa el cuello, el borde de la oreja, mordisquea sus hombros. La hunde en su abrazo. Ella se relaja apoyada en su pecho, juega con su vello. Hace rodar sus caricias por su espalda, por su cadera, por sus piernas. Nota que él está excitado de nuevo. Busca su boca y lo besa, casi con desesperación, asiéndose a su cuello. Le rodea con las piernas, sostiene su mejilla con las manos. Baja sus besos hasta el pecho, hasta el ombligo. Lleva las manos a sus nalgas, que pelliza y acaricia. Él sale de la cama, la da la vuelta y agarra sus caderas embistiéndola. La monta descargando su lujuria en su espalda. La obliga a postrarse, y la hace gritar, mezclando sus orgasmos en un revoltijo de gemidos y nombres. Él la besa en la nuca, ella se apoya en él. Dormirán abrazados hasta la madrugada, cuando ella se despierte para cumplir su palabra dada. Repetir en sus carnes las fantasías de estos días, una, otra vez, sin parar. Día tras día. En un entorno creado para ellos y que las horas no tengan límite.

Asteria {mi señor}: Las yemas de tus dedos pasean por cada centímetro de mi piel. Tu aliento en mi nuca. Tus manos presionan la clavícula y siento un escalofrío. Un hielo, una gota que se desliza por la cadera. El filo de una navaja por mi espalda. Cuerdas que aprietan. Un beso en la parte oculta del muslo. Mi aliento en tu cuello, mi susurro en tu oído. Un mordisco deliberado en tu lóbulo. Deja que acaricie con mis dedos el reverso de tu mano. Bésame los labios, niégame tu lengua hasta que arda en deseo. Aprieta tus caderas contra las mías. Déjame sentir tu erección debajo del pantalón. A veces el deseo nos hace apresurarnos, hasta el punto de retorcernos y entrelazarnos sin desprendernos de la ropa. Otras, el juego es tan excitante como lo que va a continuación. Mmmm…

Él: Me apodero de tus nalgas y marcamos un ritmo al compás de nuestros jadeos. Vuelvo a poseerte. Estoy sobre ti y parece que llevo siglos sin penetrarte, por tu ansia de hembra excitada. Me pides que te abofeteé, lo hago y te sorprende. Te embisto, te inmovilizo, siento tu aliento. Oigo tus susurros. Y a punto de desfallecer en un orgasmo.

Susurras. Yo descanso, relajado a tu lado. No tardaré en volver a acariciarte con lujuria, y tus manos buscarán mi polla para corresponder mis caricias. Buscaremos recíprocamente nuestras bocas, y empezaremos con los juegos previos hasta que aparte la sábana y vuelva a montarte. Y gozaremos uno del otro, por segunda vez, hasta que volamos a evocar nuestros nombres en un nirvana de placer. Y tras este reencuentro es cuando empezarás a cantar.

Asteria {mi señor}: Pero esto no ha acabado. Una tercera vez nos excitaremos y tú, que me impides ahora saborear tu sexo, cuando yo intente hacerlo me cogerás de los hombros y pedirás que te cabalgue. Y yo moveré mi cuerpo encima de ti, y a ratos buscaré tus testículos con mis manos. Otras me inclinaré hacia delante para que mis senos te rocen al movernos. Y volverás a llamarme, y volveré a evocarte. Y me harás jadear y gemir. Descansaremos después, pero no satisfechos con las tres primeras veces, después de una amena conversación, tus chistes, mis risas, nuestras confidencias, seguiremos queriendo más uno del otro, y volveremos a juntar nuestros cuerpos. Yo te pediré que me des la vuelta, que cojas con fuerza mis caderas, que me embistas mientras yo intento no perder el equilibrio agarrando la cama, que me estires del pelo, que me aprietes las piernas, que golpees mis nalgas con tu cuerpo y con tus manos. Que te viertas de nuevo. Que me hagas aullar, hasta que el agotamiento o la hora nos obliguen a dejar de gozarnos.

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