El juego

El juego es tan excitante, me está poniendo tan caliente que, jadeando, le pido el collar a mi Señor. Se que a él le encanta agarrarme por el collar, y yo lo que quiero es vérsela tiesa, dispuesto a ensartarme con su polla dura hasta el fondo, que me domine, que me folle sin parar, sentir mi coño penetrado con dureza, sentirme mujer. Estoy empapada, mi vagina palpita hambrienta de su polla. Me pone el collar de perra en el cuello y me ata por la cadena al cabecero de la cama. Estoy de rodillas sobre el colchón, temblando, suspirando. Me da un par de manotazos en los muslos para que los abra bien. Los abro, escucho sus pasos alejándose de la cama. Se que está sentado justo detrás de mi. Siento pudor de saberme observada con el coño abierto, pero deseo que no deje de hacerlo. Me excita que me vea cachonda, anhelante, deseo sus manos azotándome el culo mientras me dice que soy su puta, y me emputezco más. No alcanzo el dildo, pero de buena gana me lo metería en el culo para que él viniera a follarme el coño. Estoy ardiendo. ¡Mírame! Estoy ardiendo por ti, mi Señor. Se acerca despacio, cierro los ojos, quiero que me bese, que me abrace, que me apriete contra él, que me diga cuanto me quiere mientras me mete sus dedos en mi boca, que me abofetee con su polla, que me la haga mamar. De repente un restallido, dolor y fuego en mi espalda, está azotándome con el cinturón, tiemblo y deseo más. Mi coño esta brillante, deseoso como nunca. El me llama perra, “mi perra amada, mi esclava, mi hembra” y me lanza otro latigazo de su cinturón. Luego pasa sus dedos suavemente por la quemadura de mi espalda, la besa, me acaricia despacio todo el torso subiendo de arriba a abajo. Me agarra las tetas, las amasa, las pellizca hasta que grito. Si hay alguien oyéndonos debe estar en llamas, la habitación se ha llenado de gemidos, de jadeos, de ayes. Cuando mi Señor me llama mi hembra mi cuerpo se enciende a la máxima potencia. Se ha echado contra mi espalda, con la punta de su polla en la entrada de mi vagina, y me azota los muslos con su cinturón. Yo grito como una posesa  “¡Fóllame! ¡Fóllame! Clávamelaaaaa,  hasta el fondo, fóllaaameee, hazme tuya, reviéntame a pollazos”… Entonces él se retira de mi, y yo… yo no se que he hecho mal, le suplico “mi Señor… no te vayas, por favor, ven”, pero ni siquiera me toca, está de pie mirándome. El pudor me sacude por dentro pugnando contra el deseo. “Soy una marrana, así no, no le gusta verme tan cerda”, cierro los muslos, tengo ganas de llorar de la vergüenza, pero mi Señor lanza de nuevo su cinturón azotándome el culo (dolor delicioso, lo merezco por puta, azótame más) y me ordena con voz autoritaria pero cálida: “Abre, cariño, no cierres las piernas, te quiero más abierta, más marrana, más mía”, giro la cabeza para mirarle y le veo sonriendo satisfecho del espectáculo, “sigue así, perra, mi puta”. Me masturbo sin poder dejar de mirarle, me fascinan sus ojos, su voz, su mano trasteándose el sable. El pudor se disipa y soy libre, soy tu puta, que gussstooo, ayyy, mi Señor. Me agarra del pelo, tira de mi cabeza hacia atrás, siento que me ahoga el collar, abro la boca y me pone los cojones a la altura de mi lengua, los lamo como una perra hambrienta, me froto el clítoris erecto y me corro comiéndole sus huevos.

Tuya

Gretha de Junger


La voz de Gretha
Pasión por Gretha
La fiesta
Afrodita en la bañera
Siglo de Oro
La pasión de Gretha
Mía

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