La fiesta

Deambulo por la fiesta, es una casa de piedra de maderas oscuras que contrastan con el sol mediterráneo que todo lo ilumina. Saludo y sonrío levemente a rostros que apenas me suenan. Me hago servir una copa de Ribera del Duero, un Matarromera. Salgo al jardín abarrotado para encender un cigarrillo. Vestidos de fiesta y voces más altas de lo necesario, la intimidad de las conversaciones la proporciona la música que flota entre nosotros.

Entonces la veo, lleva un vestido sencillo que baila cuando camina, sus ojos me recuerdan el mar y su boca es un incendio que prende en mí. Aprovechando la distancia, mi mirada acaricia las curvas perfectas de su cuerpo. Saluda aquí y allá con una amplia sonrisa. Alguien me habla y no atiendo a sus palabras. Me siento un ave de presa que contempla su objetivo. Es tan bella que sólo por existir alegra mi vida. La llaman de lejos y aprendo su nombre: Gretha. Murmuro una excusa vana y la sigo de lejos. Quiero oír su voz, lo logro y me seduce. Habla de sus pinturas con unos marchantes que no pueden dejar de mirar sus pechos generosos insinuándose en el escote del vestido. Los odio.

Va hacia la casa, entra saludando por doquier. Es popular, miradas de envidia en las mujeres, de admiración en los hombres. Se vuelve y me descubre. Su mirada electrifica mi cuerpo. Alzo mi copa brindando por ella, sonríe ampliamente y vuelve a girarse con el vestido saltando sobre sus piernas. Abre una puerta, no sé qué estancia es pero entro tras ella. Gretha, la llamo, al volverse la empujo detrás de la puerta y la beso suavemente en los labios. Hace un mohín de rechazo, enlazo su cintura y la vuelvo a besar, ha cerrado los ojos y ya no me rechaza. Nuestras bocas se cuentan una historia de amor, de pasión, de encuentro. La música debe seguir pero yo sólo escucho el tambor de su corazón pegado a mi pecho mientras sigo besándola apasionado, semiocultos tras la puerta, ella está pegada a la pared y yo a ella. Mis manos la enlazan y nos devoramos las bocas ahora con ansia.

Mis manos recorren su cuerpo sobre la fina tela del vestido de verano. Me detengo un momento para mirar su hermoso rostro, me devuelve la mirada y sonríe, casi ilumina ese rincón oscuro. Es una alacena. Hubiera preferido que fuera la terraza para proclamar al mundo su belleza, aunque sé que el mundo, este mundo de hoy, lo sabe. Ignoro qué habrá venido a buscar pero adoro lo que ha encontrado, lo que hemos encontrado. Voy a hablar y ella pone un dedo en mis labios indicando silencio, nos volvemos a besar, sus manos tantean mis brazos, mi espalda, un escalofrío de placer responde en mi cuerpo a sus dedos. Seguimos buscando nuestras bocas. Es el mío un deseo febril, incandescente y novedoso, esa mujer me arrebata como nunca lo hizo nadie. Busco sus senos con mis manos, los rozo, los toco, magreo sus pechos devorando su boca con avidez. No hay capricho ni antojo sino pasión.

La hago girar, se apoya de espaldas a mí en la pared, acaricio sus nalgas, subo la falda de su vestido. Me pego a ella, quiero que sienta todo lo que ha despertado en mí.

Ella

Me echo atrás para mirar sus piernas torneadas, su culo respingón. Paso el dedo por la goma de sus bragas, siento el calor de su sexo. Azoto su trasero con mis manos. Me excito aún más si cabe. Una nueva nalgada, otra. La golpeo entre las piernas dejando que mis dedos azoten de refilón su sexo. Voy cambiando de objetivo: una nalga, la otra, entre sus piernas, mientras con la otra mano la mantengo pegada a la pared, apoyada en sus brazos. Me da la impresión de que saca el culo más, lo ofrece. Me agacho y beso y paso la lengua por donde la azoto. Y vuelvo a golpearla con las manos abiertas. Ardo. Mordisqueo sus nalgas, la he bajado las bragas que ahora rodean sus tobillos limitando su movilidad. Alguien está junto a la puerta, “¿oís eso?”, pregunta.

Nuestra respiración es agitada, me desbrocho el pantalón y extraigo mi verga, la sujeto con una mano y la baqueteo el culo con ella, su cuerpo tiembla, el mío se endurece. Paso la polla entre sus nalgas y la penetro, invado su coño ansioso con mi rabo anhelante. Comienzo a follarla, mis manos van de sus pechos a sus caderas. La barreno en cada embestida, la escucho jadear, la puerta se abre y alguien mira sin entrar. Se marcha, no me he detenido. La deseo con todo mi ser. Su vestido revuelto, los senos fuera del escote, la falda arrebolada en la cintura y yo la empalo con un apetito de ella insaciable. Muerdo su cuello suave. La murmuro al oído que quiero correrme en ella. Se estremece, es la primera vez que escucha mi voz. Se apoya en la pared con el cuerpo y echa las manos hacía atrás apretándome a ella. Me vierto cuando siento que el orgasmo regala su cuerpo de sensaciones estremecedoras. Con mi semen goteando por sus piernas imperiales se gira y nos volvemos a besar. Su sonrisa ilumina mis ojos. Me coge de la mano y con un movimiento ágil se deshace de las bragas que atoran sus tobillos. Saltamos por la ventana y corremos, enlazados, hacia el bosque. Se deshace de su ropa y se tiende bajo las acacias invitándome. La cubro con mi cuerpo y ella lleva mi polla hasta su sexo. La perforo de nuevo y hacemos el amor mirándonos a los ojos. Entonces, mientras cabalgamos en la pasión, me exige: Dime ahora tu nombre. Se lo digo aunque estoy a punto de contestar: el que tú quieras.

Abrazados sobre la hierba nos enlazamos en uno. En ese momento sé que no es una aventura sino el principio de una leyenda.

La voz de Gretha
Pasión por Gretha
La fiesta
Afrodita en la bañera
Siglo de Oro
La pasión de Gretha
Mía

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