Spanking y Mitologías

Gretha de Junger


Me gusta la batalla de las ideas conmigo misma como una forma de romper la rutina de la conciencia. Muchas veces, durante los últimos años, he repetido esta operación para saberme, para conocerme a fondo, como el que se sumerge en un mar proceloso para medirse las fuerzas con los elementos. En el curso de estas reflexiones he llegado en lo íntimo, voluntaria e involuntariamente, más allá de la reprobación moral. Y como por fortuna todos esas ideas no suelen traspasar el umbral de la realidad, iban quedando en mi prendidas como vapores de perfumes exóticos, y no como hedores del vicio. Ciertamente me emputecen de forma deliciosa, tras lo que, indefectiblemente, sucede el abandono de mi cuerpo consagrado al placer, para después volver serenamente a lo cotidiano, a poner los pies en la tierra enriquecida por el secreto. Así me sucede también con Junger.

Aquella tarde, después de comer me había tumbado en la cama con la idea de dormir una pequeña siesta ya que no podía bajar a la playa pues me había insolado el día anterior. Puesto que Junger había ido a nadar a la cala, para acompañarme hasta el sueño había decidido ojear de nuevo el libro de ilustraciones mitológicas de la editorial holandesa Pepin Press Books & Agile Rabbit. Es raro de entender incluso para mi, pero es uno de los libros que más me erotiza y me aterroriza al mismo tiempo. Lo descubrí hace años cuando tras la visión del dibujo de una cabeza de toro sagrado, que lucía sobre la frente un pene erecto, sentí el deseo inmenso de tener sexo con un poderoso animal. Me quedé mirando mucho rato aquel dibujo mientras me toqueteaba por encima de las bragas imaginándome abierta de piernas frente a su húmedo morro, agarrada de los peligrosos cuernos, sintiendo sus resoplidos y el lento aleteo de su enorme lengua en mi coño, encendiendo en mi una fiebre erótica inimaginable.

De esta escena cree unas cuantas variaciones, en una de ellas me veía cabalgando sobre la testuz del toro sagrado, igualmente agarrada de los cuernos, que acariciaba como si masturbara dos grandes pollas, mientras las embestidas del toro me hacían subir y bajar violentamente, lo que me producía un placer enorme. Sin embargo, y a pesar de lo explicito, todas estas escenas guardaban cierta ambigüedad en cuanto al personaje objeto de mi deseo, porque como iba a desear yo el aliento y las babas de una bestia, o su sucio pelaje? Semejante abominación!

Un día cayó en mis manos el libro “Delta de Venus”, y quedé completamente atrapada en la escena en la que el aventurero húngaro es sorprendido de buena mañana en la cama por las jovencísimas hijas del embajador español, que le montan a caballito, y entonces comencé una de esas batallas íntimas conmigo misma. Creí descubrir, tras mucho rechazar la idea, pues me parecía una tontería a priori, que en el fondo de mis entrañas deseaba la misma escena protagonizada por mi y por Junger. Deseaba que él hubiera sido el primer hombre. Después del lógico estupor empecé a hacerme preguntas obscenas, por ejemplo como sentiría su pene siendo yo virgen, como sería sentir su lengua en mi coño por primera vez, como serían sus bufidos de placer al notar mi pudor o mi miedo, ¿habrían jugando alguna vez con él a caballitos?

De esta suerte me encontró Junger aquella tarde, con el libro de ilustraciones mitológicas abierto sobre la cama. Me encontró bocabajo frotándome, lamiendo la página del toro mientras me masturbaba frenéticamente.

_ ¿Qué estas haciendo, Gretha? – me preguntó sorprendido

Yo me sentí avergonzada, aterrorizada al descubrir Junger mi impudico secreto, pero reaccioné de la unica manera posible frente un macho como él, grande  y fuerte: me di la vuelta, y mirandole con ojos turbios (que hermosos labios tiene, mmmmmmmm, que delicia sus piernas fuertes y esbeltas) encendida de pasión le dije “fóllame, mi Señor, fóllame, Junger”. Entonces él de un solo zarandeo me subió a sus muslos dejando mi culo en pompa y comenzó a azotarme con la mano muy fuertemente. Unas veces su mano caía sobre el nacimiento de mis nalgas, otras sus dedos alcanzaban mi húmedo y tembloroso coño como pequeños latigazos.

_ ¿Qué es todo esto, Gretha? ¡Cuéntame tus fantasías ahora mismo! – y lanzaba su mano contra mis nalgas dejando dolorosas marcas

_ ¡Junger! Ay, Junger, siiiigueee, ¡no pares… Junger!

_ ¿Qué estabas imaginando? Cuéntamelo ahora mismo!

_ El toooro, mi Señor, ayyyyy, Junger, Juuungeeer – me ardían las nalgas, pero deseaba aquel castigo. Con cada azote mi coño jugoso rebotaba sobre el muslo de Junger, y yo me retorcía cual furcia gozosa restregándome contra él. Junger se puso de pie y me hizo caer al suelo. Me arrastré hasta sus piernas, me agarró del pelo y me dio un bofetón, pero yo no podía parar ni siquiera por el dolor, estaba poseída de un frenesí, deseaba a Junger más que nada en el mundo. El toro era Junger, joder, era él. Me agarró de las axilas y me puso en pie, metió su mano derecha entre mis piernas para luego mostrármela mojada

_ Tienes el coño palpitando, zorra – sus ojos estaban encendidos, me tiró de un empujon en la cama – Mastúrbate, Gretha, ¡enséñamelo bien abierto!

Lo hice. Jadeaba mientras imploraba que me montara.

Junger se quitó el bañador, que era la única pieza de ropa que llevaba, dejando su erecta polla al aire. Sujetó mis tobillos con fuerza alzando mis piernas de golpe. Fue tirando de ellos hasta tener mi sexo a la altura de su boca y empezó a mordisquearlo y a lamerlo entre gruñidos, saboreándolo. Yo estaba enloquecida de placer, por dos veces llegué al orgasmo con la lengua y los dedos de Junger entrando y saliendo rápido de mi sexo. Luego él volvió a tirar de mis piernas para acercar mi cuerpo al suyo, y a horcajadas, agarrándome por las caderas me penetró vigorosamente, a lo bestia. Sus huevos chocaban contra mis heridas nalgas, su polla me reventaba por dentro a cada embestida, quemando como una brasa. Cuando noté el temblor de su orgasmo, y su semen corrió por mis entrañas como un río caliente, una ola de placer me subió del sexo a la garganta atravesándome toda. Grité. Me agarré fuerte a sus nalgas para extraer con las convulsiones de mi coño hasta la última gota de su semen, que luego chorreó largamente por mi raja cuando ya reposaba en la cama, tan satisfecha. Él estaba empapado de sudor. Se tiró bocarriba con las piernas abiertas y los brazos extendidos.

Cuando recuperó el aliento, Junger me pasó el brazo por detrás de la cabeza y me atrajo hacia él. El vello de su pecho me hacía cosquillas en la cara. Aspire el penetrante olor a macho que desprendía, mis fosas nasales se abrieron para ser inundadas por esa delicia de hormonas. En sus brazos me sentía en la gloria, tan tierna, tan amada, amando tanto

_ Junger – susurré

Él me miró a los ojos, nos besamos largamente. Creo que él también suspiraba.

Tuya

Gretha de {Junger}

La voz de Gretha
Pasión por Gretha
La fiesta
Afrodita en la bañera
Siglo de Oro
La pasión de Gretha
Mía

4 comentarios sobre “Spanking y Mitologías

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