La ermita y Helena

antes de ser Maestro Látigo

-Ya me acuerdo, arranca.

Helena se cala las gafas y pone en marcha el coche. Trata al automóvil con cariño, suponiendo vida en todo cuanto la rodea. Muchas horas después, la imagen cotidiana, asquerosamente cotidiana, de un perro aplastado en la carretera la hará llorar en silencio; esas lágrimas azules me conmoverán, despertando una sensibilidad que creía pretérita.

La noche nos acoge paciente, vuelta tras vuelta. Mis recuerdos de infancia chirrían ante la realidad; el puente está cerrado al tráfico rodado y chocamos, en cada sendero, con acuartelamientos militares, carreteras dormidas y caminos de regreso. Tenemos tiempo y continuamos buscando. Gozo del paseo en silencio, revolviendo en el baúl de mi memoria. Nos detenemos un rato junto a una oscura edificación rodeada de chiringuitos y puestos de helados. Asciendo solo unos pasos por un sendero de tierra entre las serias rocas castellanas, arriba adivino la silueta de la Peña del Rey Moro. Vuelvo al coche.

-Creo que está detrás de la Peña. Pero tiene que haber un camino abierto a la circulación. Mi tío siempre iba en coche – explico, pensando que para mi tío ir en coche era señalar la diferencia con los toledanos humildes, que hacían el camino andando desde sus casas cuando el ciego sol veraniego iniciaba una tregua tras el horizonte.

Volveremos a pasar varias veces junto a los chiringuitos, donde un Citroen aparcado semioculta dos siluetas, adoradores nocturnos de Asmodeo, el diablillo tutelar encargado por Su Majestad Luciferina de la lujuria.

Finalmente optamos por subir al Parador. Nunca había estado allí. Mientras Helena desaparece en las sombras camino del servicio, charlo con un vejete simpático y parlanchín que, ayudado por su garrota, nos lleva hasta las magníficas terrazas del hotel, dándome algunas explicaciones para llegar a la ermita, explicaciones que en ese momento se me antojan claras. Pregunto por la antigua santera, aquella que tenía un loro junto a la puerta de su vivienda; esa ave disfrutaba impidiéndome entrar con sus gritos y amenazas, otras veces me divertía viéndola pelar pipas sujetándose con una pata al palo.

-Ahora está Pilar, la hija, bueno, una de las hijas, las otras se fueron y…-continúa el buen hombre desgranando historias difuminadas.

Por último nos acompaña al coche y, galante, besa la mano de Helena con la naturalidad, exenta de artificios,  que da la costumbre. Cuando elogio ante Helena su cortesía, me replica que será la propina. Prefiero seguir creyendo en un viejo vigilante que todavía preserva caducos valores de la ya fenecida orden de la caballería.

Nuevas rondas siguiendo los meandros del río, cruzando el puente de la Degollada, hasta detenernos junto al Citroen-tálamo. Salimos del coche dispuestos a iniciar la larga marcha hacia la Peña del Rey Moro, cuando una sombra furtiva cruza del oscuro edificio de la izquierda y se pierde en la cuesta. Ambos lo hemos visto. No quiero renunciar a la búsqueda. Tornamos al coche, violando la tranquilidad de antaño de nuestros vecinos del Citroen.  Cargo el pesado revólver. Quizá no sea más que un loco y no me gustaría hacerle daño. El frío acero del revólver encajado en el cinturón, despeja los fantasmas nocturnos y nos dirigimos resueltamente hacia la cuesta terrosa.

Comienzo a reír. Las vueltas y revueltas, la mosqueada pareja del Citroen que nos mira salir y entrar, Helena sedienta, el arma, todo se torna absurdo. A nuestra izquierda, la oscura y anónima masa  de la izquierda toma personalidad; entre los modernos chiringuitos, duerme pacífica, en el sitio de siempre, la Ermita.

Acepto las burlas de Helena, ­¡qué remedio!, y decidimos dar una paseo. La luna decreciente y las luces del R-11 compiten en iluminar la noche. Cruzamos un pueblo y recuerdo torpes palabras de despedida.

Pasado Burguillos, Helena detiene el coche frente a la gasolinera donde mi hermano y yo solíamos repostar la moto las tardes de piscina y tiro.

Helena dormita la belleza de su sueño eterno, mientras mis dedos se pierden en sus cabellos dorados. Mis labios beben en su cuello la magia de su piel y su aroma, bajando por todo el cuerpo hasta sepultar mi boca en su sexo.

-Vámonos a un hotel -propone.

No, ahora no, pienso, gozo de tu placer y disfruto de mi deseo insatisfecho. El contacto de sus dedos deshace la insensibilidad de otros deseos, me extasía y devoro su cuerpo optando por hacer mías sus sensaciones.

La luna ilumina sus ojos azules. Duda, advierte y habla.

-No me quieras.
-Llega tarde el aviso.
-Entonces no te enamores de mí.

No, Helena, no quiero poseerte, hacerte mía, poner límites y reglamentos a tu vida. Ya lo hice antaño, muchas, demasiadas veces. Me gusta verte, hablarte, sentirte sin normas ni metales que aprisionen dedos y almas. Intento expresarlo, ya fue el ocaso de las estrategias infantiles, que no eran más que la insatisfacción conmigo mismo, inventarme otro que no era; éste soy, amargo, borde y con cicatrices, heridas viejas a las que amo porque me han permitido llegar a ser quien soy: lentejas… y tú eres tan hermosa.
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