Cecilia

Nos conocimos en el instituto. Ella era menuda con una cara preciosa donde lucían unos hermosos ojos azules, con esa caída seductora de la mirada de miope. Éramos compañeros y se enfadaba conmigo cuando metía a los profesores en un aprieto con mis preguntas. Un día que corregí a la profesora de Filosofía, dejándola estupefacta, al salir de clase ella me golpeaba diciéndome: «No puedes meter en esos líos a la pobre profesora».

Nuestra amistad se fue forjando en las huelgas de instituto que organizaba yo con la pasión de la adolescencia. Ella era la compañera permanente, la amiga perfecta, aunque yo me enrollara con unas y con otras.

En una ocasión llegó toda decidida a la puerta del instituto y arrojó con fuerza los panfletos que llevaba. La ayudé recogerlos, en realidad había tirado los apuntes de latín, se confundió.

Una tarde salimos juntos por Chueca, con la alegría que da la confianza extrema. En un oscuro bar, junto a la barra, la besé y toda la pasión acumulada se derramó sobre nosotros. Nuestras manos nos recorrían sin fronteras, buscando, tocando cuanto habíamos percibido, ahora convertido en deseo, en pasión.

Al volver a casa estuvimos a punto de estrellarnos. Durante un tiempo estuvo grabado su nombre en los cristales de mi despacho. La he buscado sin éxito.

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