Arkadia, mi esclava

ESCLAVA ARKADIA:  

Sé que todavía no me has pedido que abra este blog, sé que a pesar de ser un pequeño desafío te agradará encontrar esta habitación nuestra ordenada, limpia y acogedora, es decir, con unas cuantas líneas acogedoras que brotan instintivamente para complacerte de antemano.

Te ofrezco el pan y la sal, mi Señor, postrada y desnuda, para darte la bienvenida y para que tomes este espacio como tu casa.
Este será otro de tus hogares, será aquel en el que yo habite y el que tendré la obligación de cuidar y amueblar a medida. Sé que no es el único, ni el primero, ni será el último, ni lo espero; lo que me hará feliz será que quieras estar aquí. El deseo que nace de mí es hacer que este pequeño hogar sea único, ni mejor ni peor que otros, simplemente diferente.

Le he puesto un nombre al hogar, espero que te guste. Creo que describe a la perfección mi carácter, el deseo de escribir y la necesidad de esa lucecita que ilumine el papel, además el uso de mi lengua natal recuerda mis raíces mediterráneas. En este espacio tendré la iluminación necesaria para poder ver aquello que en otro lugar sería incapaz, aquí tendré luz suficiente para trabajar, aquí será donde crezca con la luz de la vida y donde dé rienda suelta a mi personalidad.

Tu hogar, mi Señor, ya está tomando forma. Espero poder hacerte feliz cada vez que me requieras y hacerte feliz sin necesidad de ello.

Soy tu esclava y mi necesidad es complacerte.

El ser del hombre que me gobierna me lleva por el camino de la sabiduría, de la justicia y de la piedad.

A veces ocurre que yo estoy en un estado de ceguera, no veo, no comprendo, exijo sin juicio y me resisto a dejarme deslumbrar con la claridad de la luz, la claridad de la verdad. En tales momentos soy violenta, arremeto contra todo, contra todos, incluso contra mi Hombre y me hiero a mí misma en cada ataque. Sin embargo mi señor, me sometes tanto como para calmar mis miedos y sostenerme ante la realidad, con una fortaleza que mi ira no puede quebrar. Y cuando eso ocurre yo me siento muy pequeñita, muy tonta, sucia, avergonzada, indigna de tu atención. Pero también me siento libre, agradecida, muy amada y muy deseosa de venerarte y servirte lo mejor que sé.

El verano pasado me hiciste llorar de emoción sólo con tu mirada, te conté lo que en ti vi: una enorme montaña con grandes grutas y un camino que las recorre, por donde yo caminaba despacio iluminándome con una antorcha viendo poco a poco lo que en ti hay. Pues cuando más crudo aprendo de ti ocurre que es como si por unos momentos te iluminases por completo y pudiese ver tu inmensidad el tiempo suficiente para ser consciente de todo tu ser. Esto me sonroja, me hace sentirme diminuta en tamaño pero grande en corazón, porque me das derecho a estar en ti y así lo siento.

Te creo tan divino porque eres humano y siendo humano consigues que te adore.

Anoche estaba apoyada en el quicio de la puerta de la habitación. Estaba en penumbra, entraba una poca luz por la ventana. Llevaba puesto un picardías de seda negro y nada más, iba descalza y con el pelo suelto cayendo por mis hombros. Observaba.

El sentimiento de ternura me invadía, el de amor es tremendamente fuerte. Te miraba y te miraba y se me humedecían los ojos. Cosquillitas en las tripas y un nudo en la garganta. Entré y entorné la puerta, me acerqué al lecho y entré en la cama con mucho cuidado. Quise olerte y te olí profundamente, quise tocarte y acaricié tu cuerpo con mucha delicadeza. De ser posible, hubiese sido tu segunda piel esa noche. Deseé besarte y primero posaba mi nariz en tu torso y después, con mucho amor, depositaba un beso. También recorrí tu cuello y después tu nuca, te tocaba a palma llena. Quería abarcar más, quería abarcarte entero.

Instantes después me abrazaba a ti, lo más pegada posible. Te susurraba algo, pero no sé qué era lo que decía. Me quedé dormida sintiéndome llena pero ligera, profunda pero no como en un abismo.

Al amanecer abrí los ojos y te vi esperando ese momento. Deslicé la mano por tu nuca y te atraje hacia mí, incitándote a poseerme. Tu mano se agarraba a mi cadera mientras tu lengua invadía mi boca, me acercabas a ti, me arrastrabas contigo. Te ponías entre mis piernas y te deslizabas despacio dentro de mí mirándome fijamente a los ojos. Gemía tu nombre, te susurraba mi placer, clavaba mis uñas en tu cuello cuando mi boca abierta exhalaba el orgasmo. Inmediatamente me diste la vuelta, poniéndome a cuatro patas, agarrado feroz a mi trasero empezaste a embestir desenfrenado. Empezaste a oír “Fóllame más, mi señor”, hasta que se convirtió en grito desesperado. Tu orgasmo, el mío, trajeron un rato de silencio feliz.

Maestro Látigo: Quiero que estés indefensa atada a mis pies

ESCLAVA ARKADIA:  No dudo que lo estaré, atada literalmente a tus pies pero iba a decirte que está muy bien que quieras cosas. No me preocupa ser o no tu mejor esclava de todos los tiempos. Está escrito. Agradecería que se extrañase la gente por mi devoción por ti. No sé si seré yo quien te unte pero seguro que seré yo quien te coma. Cuando mi maestro quiera enseñarme y explotar mi carisma sabe que estoy dispuesta ;)” Te adoro. Me encantas.
Buenas noches, mi señor. Mis deseos de despertar a tu lado me emocionan y me encienden. Eres mi señor, te deseo, no pares por favor. Siento cómo te deslizas por mi ano, como penetras con más determinación y más profundo. Sonrío y mis dedos frotan mi clítoris, con la otra mano acerco tu rostro para besarte, para alimentarme de tu aliento… La pasión es violenta y el placer no atiende a contemplaciones, palpas la desesperación en mi voz, noto la fuerza en la tuya… Retumba intensamente… Estallamos, en cuerpo y alma.

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