Conociendo a mi señor

Arkadia {mi señor}

He imaginado cómo será ese primer día más de una vez, el día que conozca a mi amo y vea su rostro, el día que por primera vez contemple el mío. Y nunca es igual porque cada vez mi sentimiento y mi deseo es distinto. La imaginación siempre es excitante y permite crear el momento ideal, en mi imaginación pongo al límite mis deseos y en la medida de lo posible intento proyectarme en ese estado mental que fantaseo, pero la realidad será la que se imponga y la realidad es la que marca los nuevos límites. Nada es más rotundo que la realidad, nada es más deseable que la realidad y nunca la imaginación te dejará más al descubierto que la realidad.

Ese primer día fue en una ocasión una simple cena en un restaurante donde no destacaba especialmente la calidad de la comida, era buena pero no excelente, lo importante de ese restaurante era la calidad del ambiente. Era un lugar donde se habían preocupado de generar un ambiente íntimo para cada mesa, estabas rodeado de personas pero no cabía la posibilidad de intromisión a no ser que se desafíen las normas no escritas del buen comportamiento social. La luz amarilla y tenue, pero con iluminación suficiente para poder observar el lugar a grosso modo, una iluminación que no te da pie a fijarte en los detalles del lugar. Aquel día imaginé que sólo cenábamos, él hablaba y yo intentaba no perder palabra de lo que decía pero era casi imposible, estaba embobada y me daba igual el tema de conversación, sólo quería que no dejase de hablar para seguir ensimismada. Seguramente esa noche él podría ver que mis ojos desprendían chispas como si fuese un anime japonés ilusionado.

En otra ocasión, al comienzo de nuestra historia, el primer día sucedió de una forma que ya no soy capaz de imaginar. Habíamos quedado en una calle a una hora, yo llegaba primero y debía de esperar. Al cabo de un rato no demasiado largo, un coche gris y grande se paró en frente de mi y se abrió la puerta trasera desde dentro. Entré sin mirar y me senté, él no conducía, estaba sentado detrás; yo me había sentado con los brazos tensos en mis costados, tenía la mirada fija en el reposacabezas delantero. Estaba atemorizada por la gran vergüenza que sentía y ello me paralizaba, mi escudo era estar rígida como una piedra. Fui incapaz de mirarle, no me dijo nada, había un silencio absoluto salvo por el ruido de la sociedad que sigue su camino. Él no decía nada y no iba a hacerlo, su táctica fue buena; mi tensión acabaría por dejarme exhausta y entonces sería el momento idóneo para cumplir sus deseos. No decía nada pero no dejaba de observar, yo no miraba pero estaba alerta para escuchar cualquier movimiento. En varias ocasiones se acomodó en el asiento y yo asustada lo advertía por el sonido y por el rabillo del ojo.

Esta última vez que imaginé ese primer día fue más brutal y a la vez más deseable. Yo sólo tenía una dirección a la que acudir, no sabía más. Era un local sin cartel, sin evidencia de ningún negocio y con todas las persianas bajadas, tenía que llamar a la puerta del bajo que sin embargo era una puerta de madera, hogareña, que desentonaba al estar comunicada con las persianas industriales. Cuando llamé una mujer madura me saludó cortésmente y me indicó el camino que debía seguir, caminé por un pasillo oscuro hasta que me encontré con un hombre desconocido que me condujo a una sala no muy grande donde desnudó mi cuerpo tenso, me ordenó con ternura que me postrase con las piernas abiertas y con los brazos detrás de la espalda cogiéndome los codos. Yo obedecí y el se marchó con mi libertad en sus manos, mi ropa. Postrada y erguida pero con la cabeza gacha estaba yo cuando mi señor entró, el corazón era incapaz de latir y los pulmones aguantaban cuanto podían el oxígeno en el cuerpo. Esta vez sí que tuve valor para alzar la mirada a su rostro, tenía miedo pero tenía curiosidad, al verle con una sonrisa en la boca mi cuerpo tomó vida, el corazón latía a máxima velocidad, mis extremidades estaban frías pero mi sexo, mis senos y mi rostro hervían, me costó trabajo controlar mi respiración y volví a agachar la cabeza. Cuando me hube calmado un poco, instintivamente me incliné con los brazos estirados, apoyando las palmas y la frente en el suelo. Esta primera vez fue la más demoledora y la más ilusionante.

Imaginaré mil veces más esa primera vez hasta el día que sea realidad. Pero estoy segura que el día que sea la primera vez me derrumbaré, se desplomará ese gran muro que me protege de la vida, tendré mucho miedo porque me sentiré desprotegida pero para eso estará mi señor allí.

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