Una tarde en la butaca

Habla Arkadia, mi esclava sometida

Tu mirada me abre las puertas del paraíso, mi señor. Ni el mismísimo paraíso me resulta tan deseable como tu mirada.

La fotografía es bonita y hasta tierna. En la habitación sólo una lamparita de mesa ilumina tenuemente la estancia, estás sentado en tu butaca al lado de la ventana, viendo la calle y perdido en tus pensamientos. Yo, desnuda salvo por el collar que porta tu nombre, estoy sentada encima tuya, con las piernas colgando del reposabrazos, estoy abrazada a ti; la curva de mi nariz encaja perfectamente en la línea de tu cuello. No sé en qué piensas pero sé que disfrutas pensando mientras acaricias mis muslos, me transmites tu sosiego.

A veces miro la calle, que a estas horas ya está oscura pero llena de vida. Los coches pasan por decenas, la gente camina hacia un lado o hacia otro, algunos tropiezan. Y yo te beso y vuelvo al calor de tu cuello. El mundo sigue girando y para nosotros no hay tiempo, darse cuenta de eso es sentirse satisfecho, porque somos tan grandes que no necesitamos los minutos y somos tan pequeños que nadie nos atormenta.

Tus pensamientos han cambiado, ya no estás meditando sino organizando las ideas, es obvio porque ya no acaricias mis muslos, ahora acaricias mis pechos suavemente. Tu mente ya no se entretiene, lo que antes pensabas ahora son banalidades y lo sé porque la velocidad de tus caricias y la intensidad de tus apretones aumenta. Tu conclusión final llega en el momento en que dejas de mirar por la ventana y me besas, también me abrazas y también agachas tu cabeza a la vez que me acercas a ti para saborear mis pechos. Me encanta y me embriagas, tu pasión recorre cada centímetro de mi ser.

Quieres que te dé placer, notar mi entrega en todo tu cuerpo, que te haga sentir por cada poro por el que tu piel respira. No me tienes que decir nada, las palabras sobran por ahora. Te desnudo con paciencia y con ternura, concentrándome en cada botón de tu camisa, deleitándome en la vista de tu pecho y en la ternura de tus labios, desterrando ese trozo de tela con la más suave de mis caricias. Besando tu cuello una y otra vez, acercando mis pechos a tu cuerpo y notando tu mano en mi espalda y tus dedos en mi cuello, ejerces una leve presión hacia abajo, tan leve que no puede moverme pero tan fuerte que hace que yo la siga. Y poco a poco beso tus hombros y tu pecho, te acaricio con mi nariz y aprieto las carnes que estoy deseosa porque me posean.

Me arrodillo ante ti y te miro para disfrutar de  que tu mirada me diga “no te detengas, esclava mía”. Han sido sólo dos segundos, pero no existe el tiempo para nosotros, esos dos segundos han sido toda mi vida. Pienso en ello mientras desabrocho el cinturón y lo saco de las presillas para entregártelo; mientras lo acomodas en tu mano voy desabotonando el pantalón y besando tu vientre, definitivamente esos dos segundos han sido toda mi vida durante dos segundos. Cada segundo contigo es una vida entera. Te desprendo de los pantalones, ya nada separa tu cuerpo y el mío y mucho menos unas simples telas.

Beso tus pantorrillas y te acaricio los pies, tu deseo crece pero no te impacientas, beso ahora el principio de tus muslos mientras te acaricio las pantorrillas, sin haberlo pensado mi lengua se inmiscuye detrás de tu rodilla. Te miro, estás esplendoroso, me acerco. El calor de mi boca y la presión de mis labios por el interior de tus muslos es hechizante, pero las caricias de mis manos te mantienen en nuestra realidad. Llego a tu sexo y me hundo entre tus ingles en una inspiración profunda; te siento, te huelo, me invades, te deseo.

Beso tus colgantes, beso tu pubis, beso tu verga. Lamo tus huevos, lamo y mordisqueo tu pubis, agarro tu polla con la mano. La contemplo, es hermosa y decidida, está llena de pasión, me puede la pasión. Lamo sólo la punta muy despacio, mirándote a los ojos, para que veas cuanto la deseo, para ver cuánto disfrutas. Mojo mis labios con la saliva de mi lascivia, la que me provocas, te lamo la polla que tengo cogida con la mano desde su base hasta su punta. Te vuelvo a mirar. Un pequeño gesto, casi imperceptible me ordena que me la meta en la boca. Entra despacito, como todo hasta el momento, ya llegarán otras intensidades distintas a su tiempo, cada vez queda menos.

Suavemente la acaricio con la lengua mientras todavía está dentro de mi boca, poco a poco la voy sacando y frotando. Al llegar al glande la succiono, ¡zas!, la suelto, ¡zas!, la lamo, ¡zas! El cinturón ha tomado vida en tus manos, sus chasquidos me estremecen y me abren. Abren mi coño para que entres, pero también abren mi boca por donde estás entrando. ¡Zas! Gimo. “Más, mi señor, deseo más”, se repiten los chasquidos, noto tu intensidad en mi espalda y en mi boca.

Te como la polla con ganas, te aprieto con fuerza porque quiero más, no me basta. Tú quieres más. Me agarras del collar y me apartas un poco, te pones en pie, te miro desde abajo, acudo entre tus piernas a morderte los muslos, a chuparte los huevos y a invadir la raja de tu culo con mi lengua. Me comporto como perra hambrienta, deseo hincharme de ti. Vuelvo a meter tu polla en mi boca, mis manos se entretienen en tus huevos. Me agarras del pelo y me fustigas sin que deje de comértela, tiras el cinturón al suelo. Con las dos manos coges mi cabeza, me obligas a mirarte y vuelves a dirigirme a tu preciosa verga. Sigo lamiendo con tus manos en mi rostro, el vaivén de tus caderas se acelera, tus manos me aprietan más y yo te dejo hacer. Me follas la boca sin miramiento, entras y sales de ella como te place, tomando tu ritmo; pronto llegarás al éxtasis, tus fluidos te delatan, me cuesta aguantar y me sujetas más fuerte. Gimo, esta vez de protesta, tu réplica es no parar. Me hundes la cabeza en ti, empiezas a correrte, me agito, me sujetas, me aguanto. Trago, mi señor, trago. Nos miramos y sin que saques tu polla de mi boca la limpio con la lengua.

Deseo un beso pero sólo me acaricias la cara, “Lo has hecho muy bien, mi sumisa” me dices. Me coges del collar y me llevas a la cama. Tus pensamientos en la butaca deben haber sido de lo más productivos, me vas a follar hasta que nos venza el sueño.

Sentados en la mesa de un restaurante me ordenas que me masturbe, primero me quito y te doy las bragas sin disimulo por encima de la mesa mirándonos fijamente. Llevo mi mano a mi sexo y comienzo a tocarme, tú te levantas para sentarte a mi lado y poder observar mis manos.

Noto tu calidez y veo tu erección, tu aliento en mi cuello me excita, tu mano sobre la mía me estremece cuando empujas, me hace abrir la boca y metes en ella comida que debo masticar mientras continúas guiando mi mano en mi coño. Me das de beber y me derramas líquido que resbala por mi cuello, deslizándose por mis pechos.

A pesar de todo, disimulas tirando la servilleta al suelo para agacharte a recogerla y darme un tremendo lengüetazo en mi raja. Me gusta tanto y me pones tan animal que comienzo a correrme, sin despistarte tomas mi nuca para llevar mi boca hasta tu polla, que degusto con pasión mientras me corro.

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