Hebe

   «Nadie puede decir quien comenzó, pero estaban ahí, obligatoriamente unidos, condenados a sobrevivir sobre el cadáver de la esperanza común…»

     Hebe le escuchaba sobrecogida, admirada más por la forma que por el fondo, fascinada por su personalidad y aburrida por su inercia. Aitor seguía hablando con la seguridad que dan los treinta años recorriendo mundo frente a los veintiuno en Vallecas.

      En  primera cita Hebe amó  por primera vez. Aitor estaba un poco molesto por ello. No quería, o así lo pensaba, establecer un vínculo sentimental que pudiera dar lugar a compromisos. Sabía que la primera vez es difícil de olvidar. La suya fue en una fiesta, borracho, embrutecido y torpe.

      Aitor calla y le viene a la cabeza la de veces que habrá  dicho lo mismo, las ideas-tópicos. Calla y acelera el paso inconscientemente y Hebe tiene que dar breves trotes para cogerle.

     Se sientan en una terraza de la Castellana. Un desharrapado arenga a los perturbados paseantes que, europeos ellos, procuran hacerse los suecos: “Hace dos días se cumplió  el 41 aniversario de Hirosima, de Enola Gay. Cohen seguirá  delirando en Canadá   y los chicos del 68 son yuppies avezados».  El orador continúa y Aitor nota que le agrada. Piensa en voz alta.

-Sabemos qué vamos a pedir, cuál va a ser la conversación si salimos a cenar o comprar algo. Pero hablamos el mismo idioma, pensamos en el mismo segundo sentido de cada palabra. Soñamos estéril y secretamente con lo mismo.

     Hebe no le escucha, remueve su cabellera roja, excusada por el calor, y Aitor al mirarla lamenta ser civilizado. Piensa en ella como la referencia obligada a resignarse sin más aventuras que las programadas. Hebe juega a vivir, a ser adulta, sorprendida de la sutileza de la mutación. ¿Cuándo he dejado de ser adolescente?», se interroga. Somos tan sensibles como antes, pero mucho más cínicos y aburridos, comenta a Aitor. Hebe le toca el brazo. Éste la deja hacer pensando “sabe acariciar en una mesa pero es un pato en la cama».

    Aitor la mira intensamente, con cariño o difuminado y deseo de posesión reprimido. Hebe le sigue el juego. Prefiere la desenvoltura del treintañero a quienes le parecen insípidos niños con granos y dinero. Pero en realidad es con ellos con quienes ríe relajada. Sabe que él procurará estar a solas, en unos encuentros llenos de tensión, reproduciendo la danza de la seducción. Hebe, en esos momentos, se arma de valor y le chupa la polla sin gracia.

     Hebe teme, con razón, ser proclamada públicamente como conquista. Abrió  su propia veda sin esperanzas de estabilidad. Pero es imaginativa. Le habla, le inventa. Intenta perturbarle y cree que fracasa. A Hebe le gusta adivinarle, unas veces dice cosas aplicables a miles y otras sólo a Rasputín o Boris Carlof.

     Ambos coinciden en el gusto por lo intenso, lo secreto. Quieren ser iniciados de una nueva secta. Se atribuyen mutuamente poderes malignos, potencialidades visionarias. pero forma parte del juego y lo siguen con la seriedad que exige cualquier juego. Ninguno se ha tirado todavía por la ventana para demostrar sus raras habilidades. Se repiten que el cerebro está infrautilizado, que tenemos muchas funciones en desuso.

     Aitor la besa rozando, ella descubre el beso juguetona. El se aburre un poco durante esos largos periodos; su afán de hacer gozar le bloquea su propio placer. Por ello es un tardío pero ferviente adorador de Onán. Si lo comenta alguna vez, todos piensan que es propaganda. Le gusta llevar a Hebe a los servicios y abusar de ella allí.

     A Hebe le sigue el deseo y lo sabe. Ha tardado bastante en conocerlo y lo esquiva, fresca y pícara. Para algo es de Vallecas, presume ella.

     Están en casa, ¿dónde iban a acabar si no? Miran hacia fuera, asomados al balcón, insistiéndose uno a otro para que pongan una cinta. Por fin la música rebaja el rebullir de la calle.

     Aitor comenta caústico lo que llama “superhabit de putas madrileño».

      Hebe mira y descodifica dureza por cinismo, replica a Aitor: La calle siempre es una alternativa que le queda a la mujer. Aunque sólo sea a nivel teórico, nos lo planteamos todas.- Hebe continúa hablando, es un huracán de ideas que se enreda con las palabras. Vivifica y cansa, según la dosis.

Hebe se prodiga permitiendo a Aitor acomodarse en el silencio de la mirada de interés mientras piensa en las musarañas. Aitor se sonríe, – menudo uso del entrenamiento adquirido en las largas y tediosas horas de clase, jamás hubiera supuesto que le iba a servir con las chicas. Hebe ya no le pregunta de donde viene, quién es; Aitor la recomienda invariablemente la lectura de su carnet de identidad, si sabes leer, añadía irónico. Hebe se sonríe, -Ingenioso es un rato pero se repite- piensa oyéndole y deseando sus manos sobre su cuerpo.

          Sorprendido se descubre pensando en voz alta. -Cada día me ocurre más- explica y lo achaca a los porros y al despiste familiar.

     Hebe le mira y desnuda torpemente su hombro. El se ríe. Se besan, se abrazan. Aitor intenta parecer más sexual que cariñoso. Hebe está descubriendo América, ya va por México. Las caricias son infantiles en Hebe, excéntricas en Aitor. El abrazo es lo más perfecto. Caen al suelo y temerosos se detienen. Ambos se tienden y Hebe comienza a hablar nerviosa y alegre: Estoy saliendo con un tío. Ni siquiera me ha tocado. Vamos, quiero decir de verdad.

-Como las personas mayores, replica Aitor

– ¡Tonto!-. Le golpea y libera sus dedos entre la camisa de Aitor. Continúa, mientras se estira perezosa: Además, tú  le conoces. Es Apolo. Seguro que te habías dado cuenta.    

Aitor asiente y calla, reposa la cabeza en una mano y se mesa el bigote. Recuerda que el mismo Apolo le comentó  el domingo en el Rastro que no salían; quedaban y se veían, «pero eso no es salir», se defendió  Apolo. Aitor sonríe,  ¿cuántas veces habrá oído decir eso o lo habrá dicho él ante otros? Y luego a cabrearse cuando otro así avisado, se adelanta ventajosamente y encima hay que poner cara de europeo.

     Aitor piensa que será  mejor no decírselo y se lo dice. Hebe, que también es europea, mantiene el gesto pero archiva el dato sobre el que luego soltar  una coz, porque además es mujer.

     Es el día del cumpleaños de Hebe. Charla y espera, ve avanzar juntos a Apolo y Aitor. «Tanto monta, monta tanto», le viene a la cabeza. Al llegar cruzan largas miradas, mosqueando a los asistentes. En un momento, Hebe anuncia que va al servicio y Aitor se ofrece a acompañarla.- No os mosqueéis si tardo – avisa medio en broma. -Yo vuelvo ahora mismo- explica Hebe a la concurrencia que se carcajea del chasqueado Romeo.

-No te enfades- dice Hebe mientras desaparecen en las entrañas del antro de turno. Le coge la mano, salta, baila, se restriega contra él, quien se mantiene hierático como un adulto. Tras los batientes, en el cruce de servicios, ellos/ellas, se besan, se tocan. Hebe tiembla ligeramente y   él se siente renacer. Es Aitor quien se desanuda y  empuja al servicio, entrando tras ella. Hebe está arrebolada y palpita visiblemente. Aitor enmarca su cara con las manos y la besa sin sexo, con ternura, roza sus pechos y acaricia su entrepierna que tiembla de deseo. Abre la puerta y se acomoda fuera a esperar, caballero cruel. Así se siente al verla salir. Hebe se arremolina a su lado y le acaricia, piel y voz. Es la primera vez que no la folla la boca en un baño público.

– ¿Qué   piensas?- le susurra.

-Estoy relajado- miente rígido. Se levanta y la recoge, devolviéndola a la reunió: Son tus invitados, atiéndelos», le despide. Será Hebe quien se separe antes de llegar. No se volverán a mirar hasta la despedida, esperando que el coche arranque de una vez.     

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