Excursión con Ariadna

He puesto la televisión nada más levantarme para disfrutar de las imágenes de los atascos. No tengo puente este fin de semana y gozo, con cierta crueldad, al contemplar las caravanas que forman los coches de los “afortunados” que se van con destino al mar. El mar me gusta pero sin gente o, mejor, con la justa que cabe en un monovolumen de esos.

Ayer estuve con Adesio en el teatro. Jardiel Poncela es siempre refrescante y da una definición de novio ideal, que le pega perfectamente a Adesio excepto por lo del bigote, Adesio no tiene, si me empeño se lo deja: “Novio: individuo con bigote que paga la merienda”.

Cuando ha salido la criada –Gracita Morales bordaba ese papel en tiempos- no he podido dejar de pensar en Carmen, ella también es muy aficionada a hacer las preguntas y darse sola las respuestas, de hecho dejamos de intentar replicarla dado que ella era suficiente. El desorden de la casa de la obra ha sido muy familiar, llevo cinco mudanzas en dos años y estoy más que acostumbrada a verlo todo manga por hombro. Debe ser cosa de los genes que me legó mi abuela, parecía una cíngara con tanta mudanza de acá para allá. Era lo que más la divertía. Mi padre le echaba la culpa de la exuberancia de su carácter al hecho de haber nacido en África, cuando aquello era una colonia española. La torta de años.

Las carcajadas de Adesio me devuelven a la butaca pero ni siquiera su risa sincopática de caballo en celo puede llamar la atención en el teatro que se desternilla con las ocurrencias machistas de un autor bajito con dos hijas, aficionado a la berrea pero con señoras en lugar de ciervos.

A la salida hemos tomado un pacharán junto al teatro, sin saber por qué los recuerdos me han asaltado, esas pequeñas cosas que me han hecho pasar de la risa al llanto. Unamuno lo llama la intrahistoria pero él no estaba y Adesio sí. Adesio se ha quedado de piedra. Ya podía esperar otro momento para adquirir esa rigidez.

Los hombres no pueden entendernos porque están incapacitados biológicamente para ello, nunca sentirán rebullir la vida en su interior y carecen de la extrema sensibilidad que ese poder nos da a las mujeres. Al menos sirve para consolarse pensándolo cuando tienes la regla.

Me ha llamado Junger y he puesto mil excusas para irme con él. Hemos acabado en Aragón, en el Monasterio de Piedra, un edificio que se inició en el siglo XII enmarcado entre cascadas y grutas.

Con su clasismo típico me ha llevado a comer al restaurante de la hospedería, donde he despachado dos huevos fritos con pan para reivindicar mi origen proletario. No he logrado molestarle, como era mi intención, y sí divertirle. Al final me ha contagiado la risa.

El periódico dice que los estudiantes de Ciencias de la Información posponen la huelga por el puente.

La sobremesa es más dura, una rubia minifaldera nos informa de los abades y monjes enterrados de 48 en 48, el simbolismo de los números: cuatro evangelistas y 12 apóstoles. El monasterio está hecho polvo, si estuvieran así las cornisas en Madrid las hubieran echado abajo los bomberos. De rondón, con la visita nos hacen publicidad del vino de la zona y de las piernas de la guía.

A eso de las seis de la tarde el sol ha levantado un arco iris en la cortina de agua de la cáscada, si no me sujeta Junger me caigo al suelo de la impresión. ¡Qué hermosa es la naturaleza! También nos hemos metido una paliza a andar durante dos horas, hasta encontrar un rincón donde hacer un apaño. Y nos ha venido bien porque ya no podíamos más, estábamos a punto de reventar. Hay que reconocer que Junger es el amante perfecto. Tela de morboso.

Me ha faltado tiempo para volver a quitarme las bragas cuando he visto, ¡por fin!, los servicios de los jardines. He tenido que hacer equilibrios para no tocar la sospechosa taza del WC. Nos hemos reído al encontrarnos a la salida y ver nuestras caras de satisfacción.

Al regreso he tenido que insistir para no hacer noche en un hotel. Junger no intenta subir a mi casa. Le veo alejarse con una leve sensación de oportunidad perdida.

Hay más días que longanizas.

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