Arkadia en Cuenca

escribe Arkadia {mi señor}

No te conté que mientras conducía de camino a Cuenca me saltaron lágrimas de amor y alegría, tampoco te conté que al tener el pie del freno sin más faena que tenerlo atento, frotaba de vez en cuando mis muslos y que mis pechos estaban expectantes. ¡Se me olvida todo cuando te veo! Y tú, lindo mío, me preguntas bien poco.
Al verte quería echarme a correr hacia tus brazos, pero dada la inclinación del piso lo más sensato era no hacerlo, nos gusta demasiado mi nariz tal como está. Las ganas me hicieron rabiar hasta que llegué a ti, mi hombre, mi deseo. Me fascinas hasta abrigado.
Cuando entran nuestros cuerpos en contacto me emociono, te siento, me siento libre, tuya. Ese instante en el que te acaricio el vientre con mi rostro es mágico porque siento como al fin todo se alinea en su naturaleza, tú y yo juntos. Sin necesidad de más pero con necesidad de menos, de menos ropa. Me encanta nuestro abrazo, yo a tus caderas, tú a mi cabeza. Eso me enciende, me entra la desesperación por tocarte, palparte, agarrarte y besarte, hacerte sentir, por sentir como sientes, como disfrutas.


Recuerdo tu cara en mis pechos, besándolos, lamiéndolos, mordiéndolos… abriéndome las piernas y penetrándome con tus maravillosos dedos, haciéndome arquear la espalda de gusto hasta correrme. Mi esperado orgasmo brindado por mi deseado hombre, mi señor.
Me encanta contemplarte mientras gozas y me haces gozar. Me enamoras, bello, y me excita verte, deseado. Cada centímetro de ti me gusta y me provoca no sólo el deseo de sexo, también la expectación de que me des una orden y de que seas caprichoso en exceso y sin medida. No sólo me gusta saber que soy tuya, adoro que me pruebes y demostrarte que lo soy, descubrir más maneras de hacerlo.
En mi mente está la conjunción perfecta de nuestros cuerpos, momento tan deseado como glorioso, penetrando sexo con tu falo, imperioso que te abres camino entre mis labios y tu glande se baña de humedad, poco a poco el resto del tronco hasta que estás completamente dentro de mí. El vaivén, tu calor, tu mirada, tu rostro… ¿Cómo no voy a estar enamorada de ti? Impensable, imposible, horripilante.
Charlar, reír, comer, comerte, pasear, pasearnos… Como en el museo, allí no sólo quería chuparte el dedo, un día dejaré de practicar el decoro y seremos nosotros los contemplados. Haces que las escaleras me den mucho morbo, mucho. Se me va a quedar el labio rojo de tanto mordérmelo, y sensible, para que lo lamas y lo muerdas, que lo succiones ardiente. Imagina que tú, al notar mi boca en tus dedos te hubieses parado unos momentos, yo hubiera seguido lamiendo y chupando, imagina que te hubieses girado, te hubieses encontrado con mi mirada pícara y con mi palma acariciando fuerte tu paquete. Yo te imagino encantado y sujetándome el rostro con la mano, paseando tu pulgar por mi mejilla, sin dejar de mirarnos.

Creí sorprenderte cuando te pedí mesa y sin embargo me sorprendiste tú cuando me dijiste que se te había ocurrido… ¡y no me habías mandado a la mesa! Menos mal, porque me gustó mucho, doblarme para ti, ponerme de puntillas para ofrecerte mejor mi trasero y continuar así sintiendo tu polla entrar y salir de mi cuerpo, volviéndome loca de gusto con tus manos azotando y agarrando mi carne. Ahí, así, recordé el gusto de cuando imaginábamos que lo haríamos. Placer extremo cuando te apoderas de mis brazos y mis manos porque cuando lo haces me penetras más hondo con tu ser, amén de con tu maravillosa verga.
Qué gusto experimenté cuando tumbados te cruzaste en mi cuerpo, estoy casi en el orgasmo de recordarlo. Ver cómo te movías, como magreabas mi teta, verte la cara… ¡Gruño! Porque siento todavía el ardor que me provocaste, el placer y la necesidad que sentía de seguir y no parar, de moverme también yo a ese ritmo tan delicioso que marcabas.
También disfruto mucho cuando descansamos, cuando me acurruco en ti y te gusta, no dices nada pero te encanta, se te nota. Es más, siento de forma muy clara el cambio que te produzco en ese momento. Me gusta entenderte. Creo que es similar a cuando te abrazas a mi cintura y reposas la cabeza en mis pechos, me llenas, me expandes, me siento satisfecha, amada y me derrites haciendo que me aferre más fuerte aún si cabe al deseo de compartirte mi vida entera.
Se me olvidaba, Cuenca es muy bonita.

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