La Verdad de Arkadia

De Arkadia {mi señor}

Martes

Sólo tú has hecho posible que me entregue por completo y sólo a ti, a nosotros, quiero entregarme. Así es y así será porque contigo expreso mi verdadera personalidad y en mí está el ser leal.

Cuando me ofrecí a ti lo hice por egoísmo, sabía que te necesitaba para tomar las riendas de mi vida. Aceptar que para ello tenía que soltarlas por completo… Es terriblemente duro y demoledor. Sorprende que nunca dudé si tenías que ser tú, sí cuestioné mi certeza pero nada hubo que me hiciese decir no. No ocurrió por amor, me lo debía a mí.

No te amaba pero confiaba en ti ciegamente, cumplía tus órdenes minuciosamente y con cariño. No tenía más pretensión que la de aprender, el amor ni me lo planteaba. El sexo telemático era fácil de asumir, sin embargo tu primera insinuación de una cita me sobrecogió a pesar de la evidencia de que iba a ocurrir.

La primera cita empezó a transformarlo todo, tanto el consciente como el inconsciente. Cuando te vi al abrir la puerta quise entrar, no era compromiso, ni curiosidad, ni divertimento, era deseo de entrar. Cuando besé tus labios carnosos me sentí flotar y tu aroma me impulsó a un mundo alternativo. Recuerdo que me causó impresión, tu olor es fuerte, penetrante, intrigante, estimulante y dominante, y me impactó entender que tu perfume era complejo y que quería comprenderlo. Tu esencia al fin y al cabo, en todos los sentidos.

No pensé en si me tenía que dejar llevar o no, no pensé en calcular, en la posibilidad de conseguir algo o no. Quería estar ahí contigo, te obedecía y me inspirabas, hice cuanto quisiste disfrutando al hacerlo y al complacerte, hice lo que me vino en gana pues me lo permitiste y te gustó. Cómo conseguiste que adoptara esa actitud todavía me lo pregunto, ya sabes, la curiosidad, lo que sí sé es que aquel día fue el primero en el que entré en comunión conmigo misma por completo.

A ti te entregué la virginidad de mi carácter, de mi naturaleza. De ello me di cuenta a media tarde con satisfacción y emoción. No te había visto antes y no te probé para decidir si te lo merecías o no, nació de forma natural y la naturaleza es incuestionable.

El sexo, la constatación de la verdad y con la verdad por delante vino todo lo demás. Ni por asomo pensé que llegaríamos a andar el camino que hacemos. Poco a poco descubría en ti las cualidades que siempre he deseado en quien tuviese que ser mi hombre, inquieto, curioso, decidido, inteligente, culto, político, galante, tradicional pero actual y jovial.

Como digo, me enamoraste poco a poco y pienso que sin ser intencionado. De vez en cuando en mi cabeza aparecían imágenes que me daban qué pensar, pues las imágenes indicaban más de ambos. Las guardaba en el buche y despacito las rumiaba, sin decidir nada, sólo recordarlas.

Aquellos días en Madrid fueron clave, cariño. En aquellos días me tomé la libertad de decidir lo que quería para mí, estar a tu lado para siempre, totalmente. Me quedó claro que no sólo tú eres quien tiene que estar en mi vida, además me mostraste que yo soy quien corresponde la tuya. Pero mi decisión llegaba sólo hasta ahí, si el sentimiento era cierto la verdad nos llevaría a ello, cualquier forzamiento sería eso, una violación de la verdad y dejaría de ser tal. Sólo tenía que fluir lo que ya fluía.

Para tu decisión solamente cabía estar a tu lado y cogerte de la mano, acompañarte, fuese cual fuese el resultado. Sabía que estaría contigo siempre, lo sentía, de la manera que eligieses. Para tus dudas ración de amor, para tu resistencia ración de espadas. Y eso ya quedó atrás. Lo que no queda atrás es la verdad de que te quiero a ti tal como eres, tal como fuiste, tal como serás. Como necesitas, como quieres. En todas las formas soy para ti, tuya y entregada. A tu lado no puedo dejar de ser yo misma porque en la parte que me corresponde me adoro y en la parte que te corresponde adoras como soy.

Siempre vas a estar en posesión de tu mujer en su ser más genuino.

El ser del hombre que me gobierna me lleva por el camino de la sabiduría, de la justicia y de la piedad.

A veces ocurre que yo estoy en un estado de ceguera, no veo, no comprendo, exijo sin juicio y me resisto a dejarme deslumbrar con la claridad de la luz, la claridad de la verdad. En tales momentos soy violenta, arremeto contra todo, contra todos, incluso contra mi Hombre y me hiero a mí misma en cada ataque. Sin embargo mi señor, me amas tanto como para calmar mis miedos y sostenerme ante la realidad, con una fortaleza que mi ira no puede quebrar. Y cuando eso ocurre yo me siento muy pequeñita, muy tonta, sucia, avergonzada, indigna de tu atención. Pero también me siento libre, agradecida, muy amada y muy deseosa de venerarte y servirte lo mejor que sé.

El verano pasado me hiciste llorar de emoción sólo con tu mirada, te conté lo que en ti vi: una enorme montaña con grandes grutas y un camino que las recorre, por donde yo caminaba despacio iluminándome con una antorcha viendo poco a poco lo que en ti hay. Pues cuando más crudo aprendo de ti ocurre que es como si por unos momentos te iluminases por completo y pudiese ver tu inmensidad el tiempo suficiente para ser consciente de todo tu ser. Esto me sonroja, me hace sentirme diminuta en tamaño pero grande en corazón, porque me das derecho a estar en ti y así lo siento.

Te creo tan divino porque eres humano y siendo humano consigues que te adore como a un dios.

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