Celos

Mi Maestro no sabía que yo estaba visitando al doctor Hajnóczy. Lo hacía una vez por semana, así que no me resultaba difícil ocultárselo. Tampoco la terapia con aquel anatomista de la psique estaban cambiando en absoluto mi forma de sentir ni de proceder con él, simplemente quería abrir un interrogante y recibir respuestas, saber por qué sentía esa embriaguez irresistible que me despertaba Mi Maestro. Se lo había hecho saber claramente al doctor Hajnóczy la primera vez, pero en las cuatro o cinco sesiones que llevábamos no habíamos tocado ni de lejos ningún aspecto sexual. Hablábamos fundamentalmente de mis recuerdos, de los sueños, de situaciones que me producían frustración, y sobre todo de como yo resolvía y gestionaba aquello. Creo que, a la luz de nuestras conversaciones, Hajnóczy pensaba que yo no tenía ningún problema, y también yo estaba convencida de eso, pero al mismo tiempo sentía como si estuviera mudando la piel a una animalidad primaria. A menudo me asaltaban ideas libertinas que no había tenido antes, o si las había tenido eran momentos tan fugaces que se habían disipado sin dejar rastro aparente en mí.
Después de salir de la consulta del psicólogo húngaro fui a una perfumería del centro, haciendo tiempo para coger el bus que me llevaría de vuelta a la costa. Me decidí finalmente por un perfume de peonías que olía realmente bien, como a sábanas limpias de colegio de señoritas. A eso de las ocho ya estaba en la cala. Mi Maestro no estaba en casa. Tuve la tentación de llamarle por teléfono, pero no había dejado ninguna nota para mi, así que él tendría sus propios planes y aparecería en algún momento. Le esperé tumbada en la hamaca del porche. Tenía hambre, recé para que Mi Maestro no se demoraba mucho. Tal vez estaría nadando, dando un paseo por las rocas, o fumando un puro a la sombra de las barcas tomando apuntes para su próximo libro.


Hasta la balconada del porche llegaba el ruido sordo del mar indiferente, arrullándome. Mil olas más tarde empecé a impacientarme. Mi imaginación otélica surgió como un monstruo: ¿estaría Mi Maestro follándose a otra? La única manera de mitigar los celos era si yo participaba de sus juegos. La otra solo sería un objeto, Mi Maestro me quería a mí, gozaba conmigo, era mío, mi Señor, mi dueño, mío. Le pedí el látigo y empecé a azotar a aquella puta, la azotaba en el coño con tanta crueldad que la muy imbécil lloraba, tenía el sexo rojo como un tomate, abierto y húmedo. Le azoté también las tetas, no se cuántas veces hasta que las puntas del flogger hicieron que fluyeran gotas de sangre de sus pechos, luego le metí el mango del flogger en el coño con saña y la trastee bien; la muy cerda gozaba. Me puse en cuclillas sobre su cara con los pechos levantados, voluptuosa empecé a restregarme contra su boca, sin dejar de azotarla por el vientre y los muslos.

_ Él no va a ser quien te folle, cerda, ¿me oyes? vas a retorcerte de deseo hasta que yo quiera. Chupa bien, ¡mala puta!
La muy infame lamía mi coño de forma ávida, con una variedad de ritmos que despertó completamente mi lujuria, su lengua experta me puso a mil por hora. Yo saltaba sobre su cara congestionada jadeando de gusto. Entonces Mi Maestro me hizo una señal con el dedo indicándome un enorme pepino que había a los pies de la mesita a la que estaba atada la muy ramera. Se lo clavé en el coño hasta donde le cupo. La mitad del pepino salía de los labios de su vagina como si fuera una polla y empecé a frotarme ahí mismo. Ese gran pepino salía expulsado de su coño, así que yo lo empujaba una y otra vez con mi pubis. Me estaba gustando muchísimo aquello y abrí un poco las piernas para rozarme el clítoris con el pepinazo, que fue resbalando por mi raja hasta entrar en mis entrañas –.aaaaaaa aaaaaa aaaaaaa aaaaaaaa – Ensartadas por el mismo manubrio nos agitábamos presas de la pasión y el goce. Yo le abofeteaba la cara, y le pellizcaba los pezones mientras nos follábamos, ella se retorcía sobre la mesita. Con un dedo rebusqué entre sus nalgas para acceder a su interior por la puerta de atrás. Entonces Mi Maestro apareció con unas cuerdas y me ató a la puta haciendo de nosotras un paquete de carne rosada y sudorosa. Mi Señor me azotaba el culo con mucha dureza, el pepino se nos clavaba más adentro a cada azote…
_ ¡Gretha! – otro azote en el culo, plas! – Gretha!
_ AAAAaaaaaaaammmmm Aaaaamo… cariño… oooooh mmmmm me he quedado dormida esperándote
_ Y por lo visto lo estabas pasado bien. Háblame de tus sueños, querida – Mi Maestro me había envuelto entre sus brazos y me llenaba el cuello de besos haciendo temblar mi cuerpo entero
_ Sí…mmmmm doctor… Hajnóczy
_ Mataré a ese doctor Jatosi – Mi Maestro me masajeaba los pechos con maestría, estrujándolos
_ AAAAaaaaaa … ¿dónde has estado, mi Señor?
_ En la ciudad, te he traído un regalo
_ ¿Qué es? – el paquete venía envuelto en un bonito papel con una lazada de shibari – ¿lo has envuelto tu?
_ …hmm… no!
_ Oh cariño, perfume de peonías, ¡gracias!… Mi preferido.
_ ¡ARRODILLATE!
Tuya
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