Aterrada

De pluma ajena

«Me coloqué como me ordenó. Estaba aterrada cuando escuché la cremallera al bajar. Ví una verga amenazadora. Sólo fue un instante, porque en el segundo siguiente un dolor me traspasó, más fuerte que cuando perdí la virginidad. Él me golpeaba con sus caderas contra mis nalgas, una y otra vez, indiferente a mi dolor y a mi placer; porque debo confesar que la otra mano continuaba delante de mí produciéndome placeres inenarrables. Y, lo que es más duro de confesar todavía, aquella casi violación… me proporcionó más placer que casi todos los encuentros fugaces de los últimos tiempos; pero era un placer distinto, perverso, un placer que procedía del sometimiento.

Él no tenía prisa, paraba en sus ataques, me miraba y los reanudaba segundos después. Sentía como si me abrieran, como si me dilatasen toda, y el placer se hacía insoportable. Eran sus dedos, expertos y firmes, los que me los provocaban, pero era su penetración la que les daba una cualidad distinta de los que antes había sentido. Estos orgasmos eran perversos. Y yo gozaba.

Al final, aquel pene se vació en mi interior; y las oleadas que sentía a través de mi orificio dilatado me provocaron un último y devastador orgasmo.

Él, satisfecho, perdió aparentemente su interés por mí. Subiéndose la cremallera, regresó a su escritorio y, tras sentarse, comenzó a escribir. Yo me quedé, agotada, en la misma postura en que él me dejó: desnuda, con el cuerpo reclinado sobre la mesa y los pies sobre el suelo recubierto por una suave moqueta. En esta postura, mis nalgas y mi interior se ofrecían a su vista. No podía ni moverme. Jadeaba, y percibí que la saliva se escapaba por la comisura de mis labios.

Mi forzada abertura me dolía, pero, al mismo tiempo, el semen que se deslizaba por ella me produjo una extraña sensación. ¿Qué tipo de mujer era yo, que había disfrutado tanto con aquel hombre? Con mi novio, podía justificar los goces carnales pensando que eran producto de nuestro amor; pero ahora… Me sentí sucia, pecadora. Me dije que nunca más lo permitiría. Al final, me levanté y me dirigí a la mesa del despacho.

-Es usted un demonio…

-En efecto, tal vez para ti lo sea -concedió, con una sonrisa-, porque entonces tendrás que admitir que has gozado. Ahora estás en mi poder de forma más completa que al principio. Tu cuerpo me gusta, y pocas veces ya se me ofrece la oportunidad de aprovecharme de alguien tan completamente como ahora, y por eso, a cambio de tu esclavitud, voy a ofrecerte algo: conocimiento. A cambio, tú me darás la más completa sumisión y me obedecerás en todo. El poder, querida mía, se disfruta lentamente para obtener de él todo el goce que es capaz de darnos. Es estúpido beberlo de un sorbo.

Medité sus terribles palabras. Mi sacrificio podía concederme el conocimiento. Sola y desnuda ante ese maestro con cuerpo de hombre, cedí. Y quiero creer que lo hice contra mi voluntad.

Él se levantó, sonriente y victorioso. Tomó mis ropas y las metió en un armario: luego salió de la habitación y me dijo que esperase un momento. Regresó al cabo de unos instantes y me pidió que me volviera a tumbar en la mesa, boca arriba ahora, con las piernas separadas. Entonces me ordenó -sí, ordenó- que cerrase los ojos y comenzara a contarle cómo hacía el amor con mi novio, al mismo tiempo que él me masturbaba. Sentí una intensa vergüenza, pero cumplí su deseo.

Desperté desnuda, a sus pies. Él estaba sentado y me miraba complacido. Entonces, me habló y me preguntó si alguna vez mi novio me proporcionó goces tan intensos; y yo tuve que admitir que no.»

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