Descubriendo al Maestro

Jo, tía. No te lo vas a creer. Estuve ayer de fiesta. Estaban todos, un aburrimiento vamos, las mismas historias, los mismos ligues. Lo de siempre. Pero había un tío mayor en la barra, bebiendo whisky sin hielo. Pero mayor, mayor, vamos que no cumplía ya los cincuenta años y, encima, con bigote. Bufffff, no me gustan los bigotes. El caso es que quería darle celos a Borja, ya sabes el lío que se trae conmigo y con Cristina. Los he pillado más de una vez acaramelados.

Bueno, que me pierdo, me acerco al tío de la barra y me pongo a contonearme a su lado, echándole miraditas. Él se dio cuenta enseguida y me miraba más divertido que excitado. Me hizo seña de que me acercara y me faltó tiempo para ponerme a su lado. Empezamos a hablar, bueno, él escuchaba más y me hacía preguntas y yo como una cotorra, hablando y hablando, imparable. Su mirada me atraía y también me ponía nerviosa, como si me atravesara. No te voy a decir que me desnudaba con la mirada porque yo llevaba esa minifalda negra que ya sabes y un top, ¡casi estaba desnuda! De repente el hombre ese comienza a hablarme. Sin presentarse y me cuenta cosas de un mundo desconocido. Flipante. Pero mola mazo. Se expresaba muy bien y su voz me hipnotizaba, apenas me daba cuenta de sus palabras porque tenía toda la fuerza en los ojos, también los labios que eran para besarle si no fuera por el bigote. Me cosqué que Borja y los demás me estaban mirando y poniendo caras. Entonces me arrimé más a él.

Me hizo un gesto para que le siguiera y me llevó a los baños de chicas. Allí me ató los brazos con mi propio top y me hizo inclinarme. ¡No te lo vas a creer! empezó a tocarme por aquí y por allá, por arriba y por abajo. Tía, ¡me corrí la primera vez mientras me tocaba las tetas! ¡Qué manos! Sabía lo que hacía, me hizo correrme dos veces más sobándome el coño, qué vergüenza, empecé a gotear y no podía hablar, sólo hacía ruiditos de placer. Él me murmuraba barbaridades al oído. Luego se quitó el cinturón, pensé que iba a follarme dentro del baño, me apoyé en la taza y abrí las piernas. Menudo susto me dio. Me azotaba con el cinturón, cada vez más duro, y entre las piernas salpicando con el flujo que me corría por los muslos. Las bragas por las rodillas, no me dejó quitármelas. Me puso a cien, tía, a cien. Pero lo que no te vas a creer es que me hizo arrodillarme, a chupar se ha dicho, pensé yo. Pero no, me azotó la cara con la polla y luego se orinó en mi careto, sí, tía, ¡en mi careto! bueno, no es tan malo como suena, estaba tibio y entre los azotes y la meada yo estaba desatada, le hubiera dejado hacerme cualquier cosa.

Entonces me dio un beso en la frente y me escribió en las tetas su email. Y se fue. Yo me vestí como pude, más salida que el pico de una plancha. Con el top y todo se veía su correo electrónica en mis tetas, bueno, no entero, parcialmente, salí del excusado y lo escribí rápido en el móvil y me intenté limpiar en los lavabos. Cuando salí de allí estaba roja, despeinada, con el culo ardiendo por los azotes y el coño más. Lo más alucinante es que pienso escribirle. Júrame por lo que sea que no le contarás esto a nadie pero me ha enganchado. Tengo que buscar en google de qué va porque me mola, quiero más y lo quiero de él.

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