Mi primera vez, de Ishtar

Para hablar de mi primera vez me tengo que remontar a mis 16 años.

Fue una época bastante solitaria, me encontraba casi siempre vagabundeando entre la soledad, y un deseo irrefrenable de conocer el mundo. Se me daba mal la gente de mi edad, no los comprendía, me  parecían bastante idiotas y superficiales, con una necesidad terca de escalar peldaños sociales, que eran tan frágiles como terrones de azúcar.

Lo encontré a él por casualidad, la prohibición en mi casa de pasarme las horas perdidas en internet, me llevó hasta un locutorio extraño donde el dueño daba un par de días de pase libre de internet, para mí era suficiente. Era un hombre mucho mayor que yo, pero él me vio, me vio de verdad, hasta ese momento nunca había sentido que un hombre me hubiera visto, de haberlo sabido sé que pese al miedo habría tenido sexo.

El me pareció bastante guapo, además el tamaño muy superior al mío me excita, sin embargo aún no sabía ese detalle de mí.

Tenía unos hermosos ojos, labios gruesos, piel blanca y nariz bonita, hablaba sin parar, y sabía de un montón de temas, con los años comprendí que es fácil impresionar a una muchacha que quiere que la sorprendan, y más aún si tienes 10 años más que ella. Tras conocernos por una persona en común, hablamos un rato, intercambiamos correos y comenzamos a escribirnos.

Yo tenía ganas de sexo, tenía curiosidad y mi piel estaba siempre ardiendo, llevaba 6 años masturbándome a diario más de una vez al día y necesitaba saber lo que era realmente el sexo. Yo solamente me atrevía a escribirle con eufemismos sobre café y cosas calientes. Un día tocó mis hombros y la electricidad me encendió, es increíble que con sólo un contacto yo me sintiera suya.

Quedamos un día de vernos en persona fuera de ese sitio, me enseñaría su biblioteca, era un pretexto bastante absurdo, pero deseaba poder tener algo con él , estar solos y que pasase lo que fuera, pero que algo pasase.

A todo esto yo jamás había besado a nadie ni tocado a ningún hombre más allá de mis hermanos y un par de compañeros de clase, pero por lo general fueron peleas, pues de pequeña me gustaba jugar a pelearme y demostrar que era la más fuerte. Él lo sabía yo se lo había contado.

Pasó por mí a la parada del metro, le comenté también la facilidad con la que me pierdo, fue bastante imprudente por mi parte, fue la primera vez que pensé que en el peor de los casos acabaría en una cuneta, pero en mi inconsciencia no me molestó del todo la idea, valía la pena con tal de saciar ni curiosidad, no es algo de lo que me sienta orgullosa, pero era mi pensamiento en ese momento.
Yo lo único que quería era gustarle, me llevó de la mano hasta su casa. Por suerte estaba bastante cerca, pues él era de caminar muy rápido y yo estaba intentando seguirle el paso, pero al estar tan nerviosa literalmente tenía que recordarme a mí misma que debía respirar cada 5 pasos.

Llegamos a su casa, y me llevó a su habitación, estaba repleta de libros, fue como volver un poquito a mi hogar.

Se sentó en la cama y me hizo un gesto para que me sentara a su lado, obedecí, nos quedamos viéndonos fue magnético y nos besamos, fue un beso largo y profundo, yo sólo podía pensar «este es tu primer beso pequeña, recuérdalo bien».

No fue de película como me esperaba, es más, me daba dolor de boca por su barba, pero era como comer pipas, simplemente no podía parar, agradezco infinitamente que fuera un muy buen besador, el me enseñó a besar y por suerte no lo hago mal, creo que fue un gran ejemplo a seguir.

Nos besamos sin parar, yo lógicamente tenia hora de vuelta a casa y puso el despertador para volver a tiempo, me tumbó en la cama y no dejamos de besarnos, metió la mano debajo de mi jersey, yo no sabía qué hacer con las mías, de modo que decidí que fueran útiles y las usé para quitarme la camiseta, creí que era lo más útil que podía hacer con mis brazos.

Se sorprendió de que fuera tan lanzada, en ese momento no lo comprendí, pero ahora se que sí, me acarició sobre mi sujetador, para tener 18 años ya usaba una 90c, llevaba un sujetador blanco que se abría por enfrente,  decidí desabrocharlo, mostrarle mis pechos era un regalo en respuesta a haber reparado en mí.

Los acarició suavemente, y los chupó con mimo, metió tu mano entre mis piernas y comenzó a acariciarme, el contacto era muy brusco para mí, pero estaba disfrutando de tenerlo mío por ese instante. Daba igual que más allá de ese momento jamás lo volvería a tener para mí,  ahora era alguien a quien podía ver y saciar mis ojos de él,  fue absolutamente maravilloso.
El reloj sonó y la burbuja del sueño se rompió, tocaba volver a casa, y volví sabiéndome suya sabía que le gustaba a un chico, y baile en la estación vacía del tren en lo que llegaba, no paraba de sonreír, gracias a él me sentía real, era como haber vivido una vida entera siendo solo un dibujo de tinta y con sus manos me coloreó. La sigue vez que nos vimos fue mucho mas intenso.

A los pocos días de nuestro encuentro quedamos de nuevo, me ofreciste tu casa para ir a dormir un rato, sabías que yo era muy de dormir, me dijiste que trajera el pijama, de modo que quedamos muy temprano, yo haría pellas pues era el día en el que había convocada una manifestación y no se notaría mi ausencia.

Me había despertado una hora antes para arreglarme, me afeite bien las piernas y me puse el único juego de lencería bonito que tenía, un tanga azul de encaje y un sujetador a juego.

Me vestí como siempre con vaqueros y puse en ni mochila un pijama, que era una camiseta de tirantes y un pantalón muy cortito. Tenía la mochila preparada y fui a tu casa, llegué media hora antes, pero como habíamos quedado en tu casa, llamé desde una cabina pública para ver si podía ir. Te desperté pero estabas contento, fui a tu casa y en cuanto me abriste, te besé como loca llevaba todos esos días pensando en ti.

Nos dimos un largo beso en la entrada de tu casa. Me llevaste a tu habitación me dijiste que me quitara los vaqueros y me metiera en tu cama, hacía un frío terrible y yo tenía los pies helados. Los calentaste con tus propios pies, debajo de las mantas comenzamos a besarnos y magrearnos, bueno, tú me magreabas y cogiste mi mano para que acariciara tu polla.

Era la primera vez que tocaba una, estaba mucho más dura de lo que esperaba, tú comenzaste a tocar mi coño, estaba bastante húmedo, me quitaste el pantalón corto y comenzaste a acariciarme por arriba del mismo, lo hiciste a un lado bajaste y comenzaste a comerme el coño, lo hiciste muy bien era suave, pero yo no acababa de relajarme, metiste un dedo y luego otro, me dolía mucho pero no dije nada. Paraste y me cambiaste de postura me abriste más las piernas y me comiste el culo, me encantó, eso se sentía especialmente bien.

Me corrí en tu boca un par de veces, era delicioso el beso negro, gracias a ese gesto el ano nunca fue tabú para mí.

Quería devolverte el favor y te pregunté si podía chupártela, te quitaste los calzoncillos, y yo flipaba, era la primera polla que veía, además de la del perro cuando era pequeña, pero ésta era para mí.

Había visto en las pelis porno que las chicas subían y bajaban la cabeza, tú te reiste ante mi nula experiencia, creo que lo hice muy mal, cogiste mi mano y la guiaste: chúpala con la lengua, comencé a sentirme hipnotizada con el movimiento de mi mano y mi cabeza, tú estabas por correrte e intentaste apartarme, pero yo había oído en clase que a los hombres os gustaba correros en la boca, de modo que no me quité. Me llenaste la boca muchísimo y como yo ni siquiera consideraba la idea de tragarlo acabé con cara de hámster con las mejillas llenas de semen, fue tan buena esa corrida que el semen se escurrió de mi boca hasta mi pecho y mi camiseta de tirantes.

Intentaste limpiarme con un pañuelo de papel pero eso solo me dio risa y casi te escupo por la carcajada el semen y saliva de mi boca, me dijiste que fuera al baño a escupir, fui y agradecí poder tener mi boca en cualquier postura.
Volví a la habitación y me diste un buen beso, seguías muy duro (no fue si no hasta mucho después que vi que los hombres perdían la erección por completo tras correrse).
Me preguntaste si quería hacerlo, y te dije que sí, me colocaste en la cama, me pusiste muy cómoda, y volviste a chupar mi coño, yo estaba muy mojada, al poco tiempo te pusiste un condón e intentaste entrar en mí, pero mi coño era muy estrecho (nunca me masturbaba penetrándome) me hacía daño pero decidí no quejarme, aún así no entraba. Estaba un poco consternada y tú te reíste, me dijiste que el truco en el seco es reír mucho no tener muchos tabús y tomártelo todo de buen rollo (gracias por tan valiosa lección)

Me dijiste que tenías una idea, y comenzaste a acariciar mi ano con el flujo que escurría de mi coño, metiste un dedo y fue delicioso, analmente se sentía mejor que por el coño, te quitaste el condón y me preguntaste con la mirada, yo asentí, escupiste en tu mano y metiste un par de dedos más, poco a poco dilataste mi ano, fue magnifico, yo me retorcía en tu cama cual serpiente por el placer.

Sacaste los dedos y pusiste tu polla frente a mi ano y empujaste, dolió pero muy poco, luego fue absolutamente delicioso mientras follabas mi ano acariciabas mi clítoris con el pulgar, y yo gemía y gemía como una loca, movía las caderas y te apretaba hacia mí con las piernas, te corriste dentro de mí, llenaste mi ano de semen, fue perfecto.
Posteriormente te acurrucaste a mi lado y dormiste un poco, yo me llené de ti, viendo tus lunares y memorizando cada parte de ti mientras con un par de dedos acariciaba mi ano desvirgado y recientemente lefado.

No pude evitarlo y te di un beso, te despertaste y me sonreíste diciendo que era insaciable. Me dijiste de ver una película (ahora es de mis preferidas) y después hubo más sexo.

Nos quedamos viendo esa película de culto que yo no conocía.

Yo me quedé con ese pijama de pantalones cortos sin el tanga y sin el sujetador, seguía notando mi ano palpitante. Estábamos recostados en plan cucharita y yo estaba delante de ti.

Pero yo quería más de ti, no sabía si sexo pero quería más besos, que eran mucho más placenteros que el primer día, me di la vuelta y comencé a besarte, ahora los besos eran de película y te entregaba el alma en ellos, en respuesta tu frotaste tu polla dura contra mis nalgas y volviste a decirme que era insaciable, me colocaste nuevamente en la cama y tocaste mi sexo que estaba muy mojado, te pusiste un condón escupiste en tus dedos y humedeciste más mi coño.

Colocaste la polla frente a mi coño y empujaste, seguía siendo difícil pero me abriste de una embestida, tu polla se me antojaba enorme y me destrozaba, me arrancaste un gran grito de dolor, que parecía placer, me preguntaste si parabas y yo te dije que siguieras, empujaste más adentro, me estabas destrozando, tenías una mirada de lujuria bestial, y chupabas y besabas mis pies que estaban a la altura de tu cuello.

Quería que esa tortura acabase, y al mismo tiempo no, entrabas tan fuerte y mi coño se sentía tan presente acariciaste mi clítoris y eso aminoró el dolor, me preguntaste si ya podías correrte, por supuesto que te dije que sí, y te hundiste en mi muy profundo y te quedaste dentro unos segundos. Te quitaste el condón y yo me sorprendí y me enfadé con mi cuerpo, no había sangre, tanto dolor y ni una gota de sangre pero al menos había llenado mi primer condón, como una chica mayor. Me palpitaba y dolía horrores el coño, hasta me dolía cerrar las piernas pero no comenté nada.

Continuamos viendo la peli hasta el final, y nos volvimos a enrollar ahora era yo la de la iniciativa, frotaba tu polla contra mi piel, me besaste y cogiste otro condón. En ese instante mi gozo se fue al pozo, no quería sentir como me rompías el coño nuevamente. De modo que te dije que prefería sexo anal.

Pero la cosa me salió torcida, pues me dijiste de tumbarme bocabajo en la cama, abriste mis nalgas lubricaste con tu saliva y te hundiste en mi ano.

Para mi sorpresa no fue placentero, este ángulo me estaba matando de dolor, mas que vaginalmente, sin embargo odiaba la idea de ser una calienta (tonta de mi) y me follaste con fuerza.

Lo bueno es que mi coño se frotaba con una arruga de las mantas y mientras me rompías el ano y quería llorar de dolor, mi coño se corría con la fricción contra las mantas, me corría y me besabas, magreabas mis nalgas y mi cuerpo, y a la hora de correrte agarraste mi mano mientras te hundías muy adentro y el semen fluía por mi ano, te quedaste un maravilloso rato sobre mí, poco a poco me dejaba de doler el ano, no me di cuenta de que era por eso pero tu erección por fin estaba disminuyendo, lo que liberaba a mi culo de la presión.

Fue uno de los mejores momentos de mi vida, sentirte en mi espalda exhausto, tras haberme corrido con esa mezcla de placer y dolor.

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