A media noche

Escribe Arkadia {mi señor}

Domingo

Hace un par de horas que nos habíamos dormido, tú boca arriba y yo de costado abrazándote, tu brazo pasa bajo mi cuello y tu mano se sujeta a mi hombro, acariciándolo con el pulgar en línea recta; como si quisieras alejar mi piel de tu mano y atrayéndola otra vez hacia ella. Es así porque cuando deslizas el dedo hacia abajo lo haces delicada y lentamente y cuando se trata de tornar a tu mano sigue siendo delicado pero con más fuerza, con más determinación. Es un movimiento inconsciente, no cabe el pensar, nada hay que pensar. Sentir, dormir, soñar.

Tu vigorosidad te ha despertado, estás erecto y desvelado; yo yazco boca abajo mirando hacia el otro lado con la rodilla levantada, profundamente dormida. Observas mi cuerpo, tan frágil y accesible; tu mano se desliza por mi espalda, tomando camino hacia mi cadera; tan redonda y voluptuosa, tan tuya que hasta dormida se te ofrece. Toda tu palma se detiene en ella calentando mi cuerpo, la cabeza de tu polla te hace pensar un momento, tu mano aprieta mi trasero y tu verga se roza con mi piel. Yo suspiro dormida, me notas latir aunque sigo inconsciente, te adentras entre mis nalgas con la mano ladeada disfrutando de la carne y de mi humedad. Al notarme tan mojada aprietas, yo gimo, tu dedo meñique explora entre mis labios, yo respiro más acelerada. Te asomas para ver si estoy despierta, no, no lo estoy, sigo profundamente dormida y profundamente entregada a ti.

Esa mirada maliciosa, esa mirada tan lujuriosa aparece en tu rostro y yo no la puedo ver. Te incorporas con cautela, vas a disfrutar de mi sueño. Te arrodillas con mi pierna entre las tuyas y me das calor en la espalda y en el trasero con la mano para tranquilizar mi cuerpo, para que no me despierte. Posas una mano en mi culo y con el pulgar acaricias la curva que se pierde en mi ano, la otra mano la llevas con cuidado entre mis piernas para mojar tus dedos en mi sexo. Respiro tranquila, feliz, dormida. Tus dedos mojados acarician tu glande y vuelves a por más lubricante, lo repartes por tu capullo enrojecido y te llevas los dedos a la boca. Saboreas mis fluidos y el olor te embriaga; lames tu mano y empiezas a masturbarte.

Tu verga palpita entre tu mano, te chupas el pulgar de la otra y acaricias mi ano. Primero en círculos, notas cómo se relaja; después haces presión, notas cómo te llama. Mientras haces aquello también haces lo otro, te masturbas lenta pero apasionadamente, tu mano se desliza por tu piel, tu piel se desliza con tu mano. Sin prisa, sin pausa, sin presionar tu báculo. Se me eriza la piel, mi respiración se acelera, tu pulgar empieza a hacer incursiones también en mi sexo pero siempre vuelve a deleitarse con mi culo.

Que siga dormida te enfada y te agrada, por una parte deseas que te masturbe yo y por otra tu lujuria se ha encaprichado en que te derrames en mi piel mientras duermo. Piensas en ello y te enciendes más todavía, los gemidos que oyes y el retorcerse de mi cuerpo te hacen dudar de si tan solo me estoy haciendo la dormida. No, mi señor, es mi cuerpo que es tuyo siempre. Tu mano sube y baja, tu polla reluce, la otra mano aprieta mis carnes; pero falta algo, falta que te esté lamiendo los huevos y eso te desespera, porque una vez ha pasado por tu cabeza esa imagen te obcecas en conseguirlo, pero el placer te llama y te llama ahora.

Respiras fuerte, gimes, y te masturbas con energía, me aprietas con fuerza… En el momento que empiezas a llegar al éxtasis despierto, te miro sorprendida, te miro feliz, ves que mi mirada te indica disposición… A lo que desees. Me azotas ahora que estoy despierta, me divierte verme objeto de tu deseo. Mi mirada insolente te lleva a azotarme más fuerte y a mi a sonreír más todavía. “¡Puta!” me dices mientras te corres encima de mi, me lamo los labios cuando noto el calor de tu semen en mi espalda y en mi trasero. Noto como se desliza, con la suavidad opuesta a su salida. Pero tu mirada… tu mirada me abruma, te sientes fuerte, enérgico, decidido, ciego de pasión. Quieres más y más me vas a exigir. Esa mirada me para la respiración y el corazón, me llena de ira y de deseo.

Sigues duro, me vuelves boca arriba y me abres las piernas. Me penetras con fuerza y me mantienes las piernas levantadas. Pero tan sólo es un momento, enseguida me ordenas que te haga una mamada, que te chupe los huevos mientras sigues arrodillado. Te chupo la polla, te lamo el escroto con cuidado y me tumbo boca arriba con la cabeza entre tus piernas. Como una gatita tomando leche lamo brevemente tus huevos y tu perineo, te muerdo el trasero y deslizo mi lengua desde tu ano hacia afuera. Te agarro la verga y te masturbo mientras repito los lametones de tu culo, forzando la entrada un poco con la punta de mi lengua dura y alejándome de allí con la presión de todo el cuerpo de mi músculo húmedo. Empapo mi lengua en saliva, y recorro todo el camino de seguido, tus huevos primero, te aprieto la polla, tu perineo después, aflojo mi mano, haciendo breves presiones llego hasta tu raja que suavemente la dejo bien mojada.

Te pones en pie en el suelo, me mandas bajar tirando de mi collar. Postrada espero tus deseos, con la boca abierta. Porque abierta quieres que esté para follártela con violencia, con pasión, sin miramientos. Mientras violas mi boca me rindo a ti, con la tranquilidad que me da ser tu objeto de placer, y con el frescor que noto en mi espalda por tu semen antes caliente. Te deseo, mi señor, deseo que me utilices a tu antojo porque me hace sentir grande, mi mirada te lo dice ya que yo tengo la boca llena.

Me agarro a tus piernas cuando tú agarras mi cabeza, embistes con fuerza y mi garganta lo disfruta. La crisis se acerca, me siento lujuriosa. Te tengo en mi boca, descubres mi pensamiento y me das una bofetada que hace que me baje del pedestal. Vuelvo a someterme después del pequeño desafío, me penetras a tu antojo y te miro fascinada. Llegas al clímax, me lleno de ti. Todavía me sorprendo al ver de qué somos capaces.

Te sientas en la cama y me recuestas boca abajo en tus piernas. Vas a pegarme por insolente, sé que es por eso pero me lo recuerdas, porque esas palabras me avergüenzan. Mientras me azotas y me hablas, me haces hablar también para que sienta mi vergüenza; “Lo siento, mi señor, intentaré no volver a hacerlo”, “Mi señor, al pedestal me subiré cuando tú ordenes, no cuando yo quiera”, “Mi señor, soy tuya y te deseo”. Crees que es suficiente por el momento pero ambos sabemos que volverá a pasar.

Después nos acostamos y una sábana nos cubre, esta vez despertaremos cuando el sol de la mañana nos llame.

Asteria
Arkadia
Kajira
Holandesa
Nina
Luna
Dulce
Chispita
Sibari

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