El perfume de peonías

_ Hablemos de sus sueños, Gretha. ¿Suele tener sueños perturbantes?

_ Por temporadas

_ ¿Lugares recurrentes?

_… Sí

_ ¿Qué tipo de espacios se representan en sus sueños recurrentes?

_ … edificios

_ ¿Y tienen algo en común esos edificios?

_ … diría que sí, son de color arena, como el color de las casas en ruinas

_ ¿Por qué cree que son de ese color?

_ Ya se lo he dicho, porque están en ruinas o son muy viejos

_ ¿Es la única cosa que tienen en común?

_ No, también suele haber agua

_ ¿Agua que corre?

_ Lo más habitual es una piscina de agua estancada, pero en ocasiones sueño con un mar embravecido, y otras con niebla húmeda

_ Entiendo – el doctor Hajnóczy tomaba notas – ¿Alguno de esos edificios se repite de forma más insistente en sus sueños?

_ No, pero…

_ Dígame Gretha, cuénteme, pero…

_  Entre los lugares recurrentes hay un Ministerio, cuya antesala del edificio, recepción, hall o como le quiera usted llamar, da paso a un espacio que hay que atravesar ineludiblemente…

_ ¿Qué hay en ese espacio, Gretha?

_ Gente variopinta

_ ¿Y qué hacen allí esas personas?

_… esperan

_ Continúe, por favor

_ … esperan a que yo – y “otros funcionarios” – resolvamos sus reclamaciones. Nunca son situaciones aburridas, como puedan darse en un mostrador de un organismo público de la realidad objetiva, por el contrario los casos son historias con un alto contenido de peligro y violencia.

_ Recuerda la última situación de peligro que ha vivido en el sueño?

_ … oh, sí…un hombre se volvía loco y mataba a muchas de esas personas, había cuerpos amputados, trozos por todas partes, sin embargo él llevaba una pistola, no un machete ni nada así, me apuntaba con la pistola…

_ ¿Qué hizo usted para resolver esa situación, Gretha?

_ … yo… me protegía con una tabla de madera que colocaba frente a mi cara, le hablaba intentando calmarlo mientras me iba acercando a él para desarmarle

_ ¿No tenía miedo mientras se acercaba a él?

_ … sí, pero también sentía mucha compasión

_ ¿Siente angustia al contarme esto?

_ … sí

_ Bien, entonces hablemos de nuevo de ese espacio que debe atravesar… ¿ineludiblemente ha dicho?

_ Sí, hay que atravesar ese… espacio

_ ¿Cómo es? Intente describírmelo

_ A veces es como un circo romano, una plaza de arena, otras como el patio del claustro de un monasterio, con las piedras empapadas por la lluvia

_ Tienen algo en común la plaza de arena y el claustro?

_ Si, en todas las ocasiones hay un problema

_ De que se trata, lo recuerda?

_ Hay que resolver un secreto inquietante

_ ¿Qué secreto?, Gretha

_ No lo sé

_No intuye nada?

_ … no

_ Fuera de ese espacio ¿hay alguna otra cosa que, aun velada como el secreto, usted puede reconocer?

_ Sí, tengo una vida fuera del Ministerio, pero no aparece en el sueño porque de lo que se trata es de resolver… las reclamaciones, de salvar a esa gente

_ Entonces usted trabaja en el sueño para esas personas, cual es su puesto de trabajo, Gretha?

_ Mi puesto de trabajo es… mi puesto de trabajo… es…

_ Déjeme que le ayude, podríamos decir que es usted facilitadora?

_ Si, es eso, mi puesto de trabajo es de facilitadora, los otros funcionarios nos llaman – a mi, y a los otros que trabajan conmigo -… creo que… los vigilantes

_ Los vigilantes. Interesante. Van uniformados como los vigilantes de seguridad?

_ … no, no somos ese tipo de vigilantes

_ ¿Qué aspecto tiene usted en el sueño?

_ … hmm… el pelo suelto… y los ojos triste… como una santa

_ ¿Y que le parece tener aspecto de santa, le gusta?

_ Suena algo cómico, pero ya le he dicho que la sensación principal es la compasión, y cierto estado de melancolía

_ Me interesa que no se concentre en ese estado melancólico, Gretha, olvídelo por ahora, debemos indagar serenamente en los detalles

_ De acuerdo doctor…

Mi Maestro no sabía que yo estaba visitando al doctor Hajnóczy. Lo hacía una vez por semana, así que no me resultaba difícil ocultárselo. Tampoco la terapia con aquel anatomista de la psique estaban cambiando en absoluto mi forma de sentir ni de proceder con él, simplemente quería abrir un interrogante y recibir respuestas, saber por qué sentía esa embriaguez irresistible que me despertaba Mi Maestro. Se lo había hecho saber claramente al doctor Hajnóczy la primera vez,  pero en las cuatro o cinco sesiones que llevábamos no habíamos tocado ni de lejos ningún aspecto sexual. Hablábamos fundamentalmente de mis recuerdos, de los sueños, de situaciones que me producían frustración, y sobre todo de como yo resolvía y gestionaba aquello. Creo que, a la luz de nuestras conversaciones, Hajnóczy pensaba que yo no tenía ningún problema, y también yo estaba convencida de eso, pero al mismo tiempo sentía como si estuviera mudando la piel a una animalidad primaria. A menudo me asaltaban ideas libertinas que no había tenido antes, o si las había tenido eran momentos tan fugaces que se habían disipado sin dejar rastro aparente en mi.

Después de salir de la consulta del psicólogo húngaro fui a una perfumería del centro, estuve dando vueltas sin saber que comprar, haciendo tiempo para coger el bus que me llevaría de vuelta a la costa. Me decidí finalmente por un perfume de peonías que olía realmente bien, como a sabanas limpias de colegio de señoritas. A eso de las ocho ya estaba en la cala. Mi Maestro no estaba en casa. Tuve la tentación de llamarle por teléfono, pero no había dejado ninguna nota para mí, así que él tendría sus propios planes y aparecería en algún momento. Le esperé tumbada en la hamaca del porche. Tenía hambre, recé para que Mi Maestro no se demoraba mucho. Tal vez estaría nadando, dando un paseo por las rocas, o fumando un puro a la sombra de las barcas tomando apuntes para su próximo libro.

Hasta la balconada del porche llegaba el ruido sordo del mar indiferente, arrullándome. Mil olas más tarde empecé a impacientarme. Mi imaginación otelica surgió como un monstruo: ¿estaría Mi Maestro follándose a otra? La única manera de mitigar los celos era si yo participaba de sus juegos. La otra solo sería un objeto, Mi Maestro me quería a mí, gozaba conmigo, era mío, mi Señor, mi dueño, mío. Le pedí el látigo y empecé a azotar a aquella puta, la azotaba en el coño con tanta crueldad que la muy imbécil lloraba, tenía el sexo rojo como un tomate, abierto y húmedo. Le azoté también las tetas, no se cuántas veces hasta que las puntas del flogger hicieron que fluyeran gotas de sangre de sus pechos, luego le metí el mango del flogger en el coño con saña y la trastee bien; la muy cerda gozaba. Me puse en cuclillas sobre su cara con los pechos levantados, voluptuosa empecé a restregarme contra su boca, sin dejar de azotarla por el vientre y los muslos

_ Él no va a ser quien te folle, cerda, me oyes? vas a retorcerte de deseo hasta que yo quiera. Chupa bien, ¡mala puta!

La muy infame lamía mi coño de forma ávida, con una variedad de ritmos que despertó completamente mi lujuria, su lengua experta me puso a mil por hora. Yo saltaba sobre su cara congestionada jadeando de gusto. Entonces Mi Maestro me hizo una señal con el dedo indicándome un enorme pepino que había a los pies de la mesita a la que estaba atada la muy ramera. Se lo clavé en el coño hasta donde le cupo. La mitad del pepino salía de los labios de su vagina como si fuera una polla y empecé a frotarme ahí mismo. Ese gran pepino salía expulsado de su coño, así que yo lo empujaba una y otra vez con mi pubis. Me estaba gustando muchísimo aquello y abrí un poco las piernas para rozarme el clítoris con el pepinazo, que fue resbalando por mi raja hasta entrar en mis entrañas –.aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa – Ensartadas por el mismo manubrio nos agitábamos presas de la pasión y el goce. Yo le abofeteaba la cara, y le pellizcaba los pezones mientras nos follábamos, ella se retorcía sobre la mesita. Con un dedo rebusqué entre sus nalgas para acceder a su interior por la puerta de atrás. Entonces Mi Maestro apareció con unas cuerdas y me ató a la puta haciendo de nosotras un paquete de carne rosada y sudorosa. Mi Señor me azotaba el culo con mucha dureza, el pepino se nos clavaba más adentro a cada azote…

_ ¡Gretha! – otro azote en el culo, plas! – Gretha!

_ AAAAaaaaaaaammmmm Aaaaamo… cariño… oooooh mmmmm me he quedado dormida esperándote

_ Y por lo visto lo estabas pasado bien. Háblame de tus sueños, querida – Mi Maestro me había envuelto entre sus brazos y me llenaba el cuello de besos haciendo temblar mi cuerpo entero

_ Sí…mmmmm doctor… Hajnóczy

_ Mataré a ese doctor Jatosi  – Mi Maestro me masajeaba los pechos con maestría, estrujándolos

_ AAAAaaaaaa … ¿dónde has estado, mi Señor?

_ En la ciudad, te he traído un regalo

_ ¿Qué es? – el paquete venía envuelto en un bonito papel con una lazada de shibari – lo has envuelto tu?

_ …hmm… no!

_ Oh cariño, perfume de peonías, ¡gracias!…Mi preferido.

_ ¡ARRODILLATE!

[…]

Tuya
Gretha de Junger

La voz de Gretha
Pasión por Gretha
La fiesta
Afrodita en la bañera
Siglo de Oro

12 comentarios sobre “El perfume de peonías

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