La primera cena (que no la última)

La primera

Sábado, por la tarde. El primer encuentro, aún no ha llegado a ser mi esclava.

Asteria {mi señor}


¿Hemos quedado a las nueve menos cinco o a las nueve y cinco? Da igual, me voy a plantar allí a las ocho y media. ¡Qué me pongo, qué me pongoooo! Ahí va, si soy toda una mujer en pleno ataque de histeria, qué ilusión, yo que creí que si me pintaba un bigote me saludarían por la calle con el apelativo de caballero (o villano, según el día). Pues una camisa, qué diablos, y unos vaqueros, que no vas a la presentación de su libro, vas a una cena con él, y si te ha invitado es que le gustas, y si le gustas es por cómo te ha visto siempre, y siempre has ido desaliñada, pues qué caray. Tabaco, las llaves, las gafas. ¿Las gafas? ¿Quieres que te vea en tu faceta miope? Es que si no, no veo. ¡Pero qué tienes que ver, si es una velada íntima, tu problema es para ver de lejos, y lo vas a tener tan cerca que no te harán falta! Una tila es posible, pero las gafas no. Pues venga, sin gafas. Ocho y cuarto. Me voy, la espera es inaguantable. Estoy en la calle… y llevo las gafas puestas. No tengo arreglo… Me entra la neura del despiste, y me miro los pies. Sí, me he calzado zapatos, por un momento creí que lo había olvidado. ¡Taxiiiii! A la ‘calle de mi cena’ a la ‘altura del restaurante’. ¿Por dónde voy? Y a mí qué me cuenta, señor taxista, yo no soy de la ciudad, aunque lleve viviendo aquí 4 años soy incapaz de recordar dónde queda ninguna calle, porque a pesar de haber trabajado de repartidora de pizzas, cuando estoy nerviosa, pierdo el sentido de la orientación. Por favor que no haya dicho todo esto en voz alta. No, solamente dije: por donde crea que hay menos tráfico. Adoro mi piloto automático para estas situaciones.

Me planto en la puerta del restaurante. ¡Qué cerca estoy de su casa, creo! Voy a moverme, que seguro que todo el mundo me está mirando. Y todos pueden leer la palabra ‘zorra‘ escrita en mi frente. Pero la que realmente debería verse con luces rojas de neón es esta otra: ‘ilusa’. ¿O no? Ya veremos. Una cena, será posible, primero no me quiere besar, y ahora me invita a cenar él y yo solos. Qué mareo de hombre. Son las ocho y veinticinco, prontísimo. Voy a llamar a Sibi. Está con la pandilla reunida en casa de Patri, jugando al rol.

– Hola, recuerda, te llamo porque estoy aburrida. Y no porque haya llegado casi media hora antes de lo que debía y esté sudando nervios por los todos los poros de mi piel.

– ¡Hola, Asteria!, aquí estamos, llevamos toda la tarde jugando, y…

Menos mal que puedo contarle estas cosas a Sibi, porque si no explotaría. Y además así me mantiene entretenida un rato, porque voy a hacer un surco en el suelo como siga yendo y viniendo por esta calle. Qué horror, qué barrio, las fachadas son bonitas pero está muy mal cuidado y está pasando cada figura que no sé si huir o echarme a reír. Ahí está, hum, qué guapo. Mira qué elegante viene. Y yo con estas pintas, si sabía yo que… mentira, no lo sabía, estaba convencida de lo contrario, para qué engañarme. Sudo, sudo. ¿Cómo le saludo? ¿Dos besos? Qué memez. Yo no me acerco, después del rechazo del otro día. Aunque dijo que no aceptaba besos de mujeres ebrias por si eran el resultado de un impulso del que luego podían arrepentirse. Bueno, si quiere, le doy la mano. Se reiría bien a gusto si hiciera tal cosa. ¿He saludado? Creo que no.

– Hola.

– Te queda bien el blanco.

Ya está, me ha desmontado. Ya no voy a poder decir nada más en toda la noche. El restaurante aún está cerrado. Maestro llama a la puerta, conoce al camarero, que nos abre, nos acomoda, y nos da conversación. Yo estoy mareada. Maestro pide no una sino dos botellas de vino. No quiero emborracharme, y me llama cobarde. Y aprovecho para soltar una frase que me había dictado Sibi por la tarde: no quiero beber demasiado, y así esta noche no tendrás excusa para rechazarme un beso. ¡Asteria 1 – Maestro 0! Y ahora a reponerme del infarto que ha estado a punto de darme por soltar una frase entera.

La noche avanza, la cena se consume, la segunda botella de vino se abre. Yo absorbo cada palabra que Maestro desliza en mis oídos. No sé si he llegado a abrir la boca en toda la velada, pero me da igual. Me deleito con su voz, con sus canciones.

– ¿Sabes que te has citado con un hombre que tiene casi veinte años más que tú?

No soy una veinteañera, pienso, tengo una vida ya planteada, familia y hasta un hijo. Pero no digo nada y asiento.

– ¿Sabes que no busco nada más allá que una relación física?

E imagino qué pasaría si me escondiera debajo de la mesa. ¿Cómo le digo que acepto cualquier cosa que venga de él? ¿Que puedo admirarle en su trabajo, quererle como amigo y compañero, respetarle como maestro y desearle como hombre? Callo, y asiento. Y empieza a susurrar. Y yo como una cuba.

– ¡Señor! Permiso para sentarme a tu lado, señor. – Bendita broma del soldadito.

– Concedido.

Me siento a su vera y escucho todo lo que me tiene que decir. Y sé que estoy poniendo esa cara de perrito sin dueño que busca quien le adopte, pero no puedo evitarlo. Está tan guapo, y tan alegre, y esa preciosa nariz, y esos labios que se acercan… ¡se acercan! ¡Alerta, alerta, sus labios se acercan, y están rozando los míos! Rápido, cierra los ojos. Siéntelo y atesora cada sensación como si no fuera a repetirse nunca más. Mi primer beso de Maestro.

El primero de muchos. Pero entonces no lo sabía. ¡Y qué bien besa!

La dama se ofrece

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