Historia de un 29 de febrero

Luna {mi señor}


Me lo pidió y acudí a la estación de tren a esperarla. No me dio tiempo para llegar andando y hube de coger el metro evitando ofender con la mirada a las muchachas más deseadas. En la estación me orienté hasta la vía 8. La vi bajar del tren, esa pelambrera rubia sobre un cuerpo escueto, con la mirada perdida, buscando a alguien que no conoce en el andén de una ciudad que la asusta. La hice una seña. Me sorprendió que llevara maletas como para quedarse cuatro días. Al estar ante mi, no sabía ella si besarme, abrazarme o darme la mano. Noté su confusión. Era la primera vez que nos encontrábamos y ella llevaba un año bajo mi instrucción.

Luna actúa para su señor.

La cogí el equipaje y nos encaminamos a la búsqueda de un taxi. Servicial e ignorante ella paró uno en dirección contraria. El taxista intentó enseñarnos Madrid, hasta que le indiqué que no era el camino más recto al Hotel. Me miraba ella en el coche sin saber qué hacer y cogí su mano. Al registrarnos pidió una habitación de no fumadores. Un gesto de protesta vistió mi cara y la notó la atractiva recepcionista. En el ascensor ella me explicó que su hermano trabajó en una agencia y las habitaciones que dan a los fumadores son las peores.

En la alcoba, ocupada por una enorme cama, hice de un vaso con agua un cenicero y ella encendió un peta que traía liado, oculto dentro de un bolígrafo como si estuviéramos fumando en Teherán.

La di un abrazo y un beso suave. La arrojé sobre la cama y la inmovilicé con mi cuerpo, tocándola por debajo de la ropa sin desnudarla. Ella comenzó a bajarme los pantalones, me tiré sobre su boca y la introduje mi verga, comencé a follarla en la boca, no era una felación. Un par de veces ella sacó mi falo de su embocadura pero volvió a ofrecerla inmediatamente a mi lujuria.  La subí la falda y devoré los alrededores de su sexo, seguía bombeando. Miré para recrearme en la imagen de mi verga penetrándola por la cara. Mis manos buscaron en ella hasta encontrar que su cuerpo se tensaba de placer.  Tenía la regla. Giré y comencé a masturbarla hasta que sus gritos amenazaron la intimidad de la habitación del hotel. Las yemas de mis dedos memorizaron ese punto exacto. Se corrió en mis manos. Froté mi verga contra su espalda, la introduje entre sus nalgas apretando con ellas, mis dedos abrieron a la vez su vagina empapada y su culo seco y pequeño. Se enrolló en mi cuerpo dejándome hacer. Un instante de descanso lo aprovechó para chuparme la polla. Tenía la boca seca y humedeció el prepucio con su flujo. Me desagradó. Comenzó a chupármela con pasión, llevé su mano libre a mis testículos. Quería indicarla que pusiera especial interés en la punta, el glande. No hablé y la dejé hacer. Me dio mucho placer y anoté mentalmente enseñarla a hacerlo mejor si la ocasión se repetía.

Nos íbamos a ir con el tiempo justo al restaurante cuando, a medio vestir nos lanzamos de nuevo a recorrer nuestros cuerpos. Luna se dejaba hacer y no cerraba nunca los ojos, grandes y vivos. Me plació verla llegar una y otra vez a la cima del placer. Me tumbé boca arriba quieto y esperé que volviera a mamarla.  Tampoco la indiqué nada. Lo hizo lamiendo primero, pero poco, mis huevos. Estuve a punto de pedirla un beso negro. Es mecánica, usa la mano pero pone una gran pasión en lo que hace y le gusta darme placer. Desatiende los tres primeros centímetros del glande. Esenciales.

En el restaurante me saludan por mi nombre, lo esperaba. Ella sabe ahora más que “mi señor” pero continúa llamándome así y de usted. Hablamos, bebemos, la cena fue ligera, y el vino abrió nuevas puertas, que había entornado la cerveza.

Tras la puerta de la habitación, lío yo ahora el canuto.  La noche fue larga e intensa. Dormía a ratos y ella me despertaba con besos y caricias para que la volviera a tomar. La di mucho placer, la usé a mi antojo y ella se entregó sin reservas: «Úseme cómo quiera, mi señor».  Por la mañana, sobre las sábanas manchadas de sangre, antes del café le pregunto su edad: 31 años. Ha sido muy valiente al establecer una cita así. Quizás ha llegado el tiempo de las mujeres valientes. ¿Serían menos mujeres?

Enseñando a Luna
Luna, mi esclava
La excitación de Luna

Asteria
Arkadia
Kajira
Holandesa
Nina
Luna
Dulce
Chispita
Sibari

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