Refugio del deseo

habla Asteria {mi señor}


Apago la luz y así puedo imaginarte a mi lado. Me estás mirando, y entrelazas tus dedos con un mechón de mi pelo. Me acaricias la mejilla. Yo me acurruco a tu lado y dejo pasear a mis uñas sobre la piel de tu pecho. Acercas tus labios a mis mejillas, dejas caer un ósculo. Tienes esa mirada intensa que me abruma, y yo busco tu boca con la mía. Me abrazas, noto tus brazos, con fuerza. Paso mis manos por tu espalda. Dejas de besarme y bajas tu lengua a mi cuello, yo te susurro en el oído lo placentero que me resulta. Llegas a mi hombro, e hincas tus dientes, mientras tus manos se apartan del abrazo para dirigirse a la camiseta que uso para dormir, que vuela hasta el suelo. Hundes la cabeza entre mis pechos, los besas, los muerdes, yo aprisiono tus caderas con mis piernas y mis manos persiguen afanosamente, bajo el pantalón, tu fantástico culo. Te libras de mí y te pones en pie. Buscas en la bolsa y encuentras la venda. Haces que me incorpore levemente sobre las almohadas y atas mis manos en la parte alta del cabecero. Cara a la pared, así que no puedo ver cómo te desnudas y subes a la cama con la cuerda anudada en la mano. Pasas la cuerda entre mis piernas, acaricias mi clítoris con los dedos, y te pegas a mí para que note tu sexo erguido sobre mis nalgas. Cambias el rumbo de tus manos hacia mis pezones que pellizcas con fuerza. La emprendes con mis caderas, primero con la mano, después con la cuerda. La parte baja de mi espalda hasta que me oyes gemir.

Te levantas, coges un pañuelo y me amordazas. Te plantas de nuevo detrás de mí y me embistes, sodomizándome, notando cómo me agito. «Mi puta» -se abre paso tu voz entre mis gemidos- «eres mi puta, voy a correrme en cada parte de tu cuerpo». «Soy tuya, tuya, haz lo que quieras conmigo«. Al oírlo paras para oírme suplicar que sigas. Pero te levantas, y ahí me dejas, para volver con un hielo que yo percibo cuando dejas que se deshaga en mi espalda arqueada, en mis muslos, entre mis piernas. Mi respiración se acelera, pero aguanto la fuerte sensación, mientras me dices que no piensas parar hasta hacerme gritar. Cuando no quedan más que gotas vuelves a la carga. Me follas con tal fuerza que mis brazos empiezan a fallar. Mi cabeza cae sobre la almohada, que va hundiéndose entre el colchón y el cabecero en un hueco provocado por nuestros propios movimientos. Te acercas al clímax mientras me fustigas, me sobas, mientras clavas los dedos en las caderas hasta que queden marcados. Y siento tu humedad, caliente, excitante, mientras oigo mi nombre en voz alta una y otra vez. Y tu ritmo decelera, aunque aún te siento entrar y salir, hasta que finalmente abandonas mi oquedad para besarme la espalda.

Te incorporas y liberas mis muñecas, rojas, marcadas, y con cariño y suavidad empiezas a masajearlas, con tus manos que yo beso, casi llorando, del agradecimiento por el placer que me proporcionas. Mientras relajas mis brazos me acurruco a tu lado, entrelazo mis piernas con las tuyas, me encanta sentir el tacto de tu piel sobre la mía. Tumbados, te centras en una de mis manos mientras la otra te acaricia, haciéndote estremecer, aún sensible tras el orgasmo. Poco a poco te va venciendo el sueño, así que comienzo a pasear mis manos por toda tu piel, dejando caer pequeños besos en el lóbulo de tu oreja, en tu hombro, en tu cintura, en tu cadera, en tus muslos… paso la mano por tu pelo, rozo con la yema de mis dedos tus labios, y continúo con esa misma actividad hasta que una vez descansado tiras de mi brazo obligándome a montarte. Me tienes justo encima, yo, a cuatro patas, antes de compenetrar nuestros sexos, paso mi lengua por tu pecho, apartando mi pelo para que no moleste en tu cara. Y empiezo a mover las caderas, buscando la postura y el movimiento que te haga estar más dentro de mí. Puedo verte la cara, con los ojos cerrados, exhalas pequeños suspiros que me indican qué es lo que más te gusta. Tus manos mueven mi culo marcando el ritmo deseado. Nos sumimos en un baile cuya melodía tú susurras y yo consumo. Un baile cada vez más trepidante que no llega a su final porque tú interrumpes, apartándome a un lado, porque quieres correrte en mi boca y yo quiero llenarme de ti.

Al acabar levantas mi cabeza con tus manos y me besas la frente. Estás sentado y yo arrodillada delante de ti. No has terminado, esto es sólo una pausa, aunque no me lo digas, lo sé por experiencia. Sé que ahora cantarás, contento, bromearás, harás que aprenda algo nuevo, y cuando menos me lo espere pondrás mi mano en tu verga para constatar tu excitación. Por qué no, esta vez quieres poseerme mirándome a la cara. Te arrodillas, me abres de piernas y me acercas a ti.

4 comentarios sobre “Refugio del deseo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s