Instantes

habla Asteria {mi señor}


Las yemas de tus dedos pasean por cada centímetro de mi piel. Tu aliento en mi nuca. Tus manos presionan la clavícula y siento un escalofrío. Un hielo, una gota que se desliza por la cadera. El filo de una navaja por mi espalda. Cuerdas que aprietan. Un beso en la parte oculta del muslo. Mi aliento en tu cuello, mi susurro en tu oído. Un mordisco deliberado en tu lóbulo. Deja que acaricie con mis dedos el reverso de tu mano. Bésame los labios, niégame tu lengua hasta que arda en deseo. Aprieta tus caderas contra las mías. Déjame sentir tu erección debajo del pantalón. A veces el deseo nos hace apresurarnos, hasta el punto de retorcernos y entrelazarnos sin desprendernos de la ropa. Otras, el juego es tan excitante como lo que va a continuación. Mmmm…

Haces que me apoye en la pared de un aseo, y tengo que hacer un esfuerzo considerable para no gritar. Te dejas llevar, empiezas a propinarme cachetes. Hasta que siento que me inundas. Estoy empapada en sudor. Otra vez acabamos en un lugar parecido al Kenin, el de los discos antiguos, pero no es allí, es más cutre. Trepo hasta ti y te monto. Te apoderas de mis nalgas y marcamos un ritmo al compás de nuestros jadeos. Creo que seguimos en el mismo sitio. El caso es que vuelves a poseerme. Estás encima de mí y parece que lleves siglos sin penetrarme, por tu ansia. Me sueltas una bofetada, que te he pedido yo, y aún así me sorprende. Me embistes, me inmovilizas, siento tu aliento. Oigo tus susurros. Y a punto de desfallecer en un orgasmo, me sodomizas.

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